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Leyendas de Blesa La cruz del Hituelo La leyenda de la cruz del Hituelo por Salvador Gisbert Jimeno Variantes de la historia en la tradición oral Reflexiones sobre la leyenda narrada por Gisbert
¡Aún me parece estar viéndola enfadada por la infernal gritería que armábamos jugando delante de ella a marro, y levantarse y correr tras de nosotros a pesar de su cojera, para pegarnos con el mango de la escoba que le servía de cayado! ¡Con qué gusto no seríamos todos los chiquillos al ver su furor y su impotencia para alcanzarnos, y al oír los dicterios que nos dirigía al convencerse de que no podía hacer otra cosa peor! Y no se crea que esto sucedía muchas veces. La buena mujer se había acostumbrado tanto a vernos correr y jugar a su alrededor, que solo tomaba aquella actitud belicosa cuando la molestaban demasiado nuestros gritos o cuando alguno la pisaba o tiraba a rodar el huso con que ella estaba hilando. En cambio le gustaba sobremanera que en vez de correr nos sentáramos a su lado y prestásemos atención a los cuentos y tradiciones que nos refería, y de estas últimas sobre todo, tenía un vasto repertorio que nosotros oíamos siempre con religioso silencio. Toda mi vida recordaré con placer la siguiente que nos contó sentada en el escalón de la puerta de su casa, pocos días antes de que la Parca le cortara el hilo de la existencia.
Cuando la primera expulsión, que fue la de los judíos, era alcalde del concejo de Blesa, el rico hidalgo Pedro Beltrán, hijo del pueblo y gran enemigo de los moros y judíos y en especial de estos últimos, así es que tan pronto recibió la orden para expulsarlos se apresuró a notificarla a los interesados advirtiéndoles que solamente les daba veinticuatro horas de plazo para dejar el lugar y que, pasado este tiempo, a cuantos judíos encontrase los había de colgar del primer árbol que había a la salida del pueblo. Excuso deciros la prisa que se darían aquellas gentes para cumplir tan bárbara orden y máxime al saber que, en casi todos los pueblos, trataban a sus compañeros con igual o mayor fiereza. Recogieron lo que les fue posible, malvendieron lo que los cristianos les quisieron comprar y al día siguiente muy temprano, con grandes llantos y lamentos fueron abandonando el pueblo por grandes grupos. ¡Pobres gentes! La verdad es que aquella orden de expulsión fue muy poco humanitaria, porque habéis de saber que, aunque judíos, todos ellos eran hijos de aquí, aquí se habían criado y aquí tenían sus intereses y afecciones y les dolía en el alma dejar todo ello para siempre, así es que no os extrañará saber que muchos de ellos, en vez de cumplir tal mandato, se resistieran hasta el último momento y que cuando se les obligó a salir del pueblo se ocultaran por las hoces y otros sitios escabrosos, en cuevas y entre malezas, prefiriendo vivir como fieras y perseguidos por la justicia, a abandonar su tierra. Pocos de los expulsados quedaban ya en el pueblo cuando el alcalde recibió la noticia de que algunos que habían hecho como que se marchaban, se escondían dentro del término, burlando así las órdenes recibidas. Para evitar tal cosa reunió Beltrán una porción de cristianos bien armados y al frente de ellos salió en persecución de los que se ocultaban, pero por más diligencias que hizo no logró dar con ninguno, a pesar de haber corrido por montes y veredas durante muchas horas, al cabo de las cuales, y por si su presencia era necesaria en el lugar, dejó a los suyos que continuasen la persecución y se volvió solo hacia su casa. Tenía nuestro alcalde una hija de dieciocho años, la más hermosa de todo el pueblo y la más cristiana también, pero, sea que la embrujaron, o sea que la juventud no repara en ciertas cosas, lo cierto es que estaba enamorada locamente del hijo de un viejo judío, rico sí, pero judío al fin, y con él tenía íntimas relaciones a pesar de la prohibición de su padre, de los cuidados de su madre, de las amonestaciones de sus parientes y de lo mal visto que era por todos los cristianos del lugar; habiendo sido inútiles hasta entonces todas las reflexiones que se le hicieron para que dejara aquellos amoríos y olvidase al doncel; así es que cuando Pedro Beltrán recibió la orden por la que se mandaba que saliesen inmediatamente del reino todos los judíos, vio en ella la salvación de su honra, mancillada por los caprichos de su hija y se apresuró a cumplirla, como ya habéis visto, con todo rigor para verse así libre cuanto antes de la presencia del novio de la muchacha y de toda la odiada raza de los que sacrificaron a Jesús.
Los del grupo que, antes no se habían atrevido ni a desplegar los labios, al ver tendido en tierra a su mortal enemigo, volvieron y abalanzándose sobre el cadáver saciaron su odio llenándole de golpes y heridas y por fin lo arrojaron a un estercolero inmediato, lo cubrieron de piedras y huyeron a buen paso, por si acaso alguno había presenciado el suceso y los del pueblo salían en persecución de los fugitivos. Los primeros que descubrieron el cadáver del infortunado Beltrán fueron los que habían salido con éste a perseguir a los que se ocultaban para burlar las órdenes reales. Enseguida recogieron el inanimado cuerpo, y con tan triste carga entraron en el lugar y fueron a la casa del difunto, que encontraron ya trastornada con la fuga de la hija. Al reconocer al cadáver le encontraron, clavado en el pecho, un puñal de extraña forma y cuya empuñadura estaba materialmente cuajada de piedras preciosas. Todos los presentas reconocieron el arma homicida por habérsela visto al viejo judío, padre del novio y ya podéis figuraros los comentarios que haría la gente del pueblo, al saber que la hija de Beltrán había huido de su casa con el matador de su padre. Aunque algunos de nuestros paisanos salieron al momento en persecución del asesino ya no les fue posible darle alcance ni aun seguir su pista. Cumplidos los deberes religiosos con el muerto marchó una comisión del concejo a Zaragoza para pedir el castigo de los culpables al Justicia mayor de Aragón, creyendo que los fugitivos estarían aún dentro del Reino, pero por más diligencias que se practicaron para su aprensión no pudo darse con ellos y sólo pudo saberse, pasado algún tiempo, que se habían embarcado en Barcelona con rumbo a uno de los puertos de Alemania. Por acuerdo del concejo el puñal fue vendido por una cantidad respetable, en Zaragoza y su producto destinado a la construcción de un monumento que perpetuase la memoria del suceso. Tal construcción se encomendó al artífice, Pedro Cortés vecino de Borja, quien vino desde la capital de Aragón donde estaba trabajando entonces e hizo una bonita cruz de piedra, con su fuste, gradas y pie, toda ella llena de afiligranadas labores góticas del mayor gusto, y con los santos patronos del pueblo en el capitel y el cuerpo yacente de Pedro Beltrán bajo los pies del Crucifijo. Emplazada la Cruz en el mismo sitio en que había sido consumado el asesinato, existió allí muchos años, hasta que, para ensanchar los huertos contiguos, fue trasladada a donde hoy está, o sea, en la confluencia de la senda del Hituelo, que le da su nombre, y el camino de Zaragoza. Llamaba la atención de cuantos veían este religioso monumento la hermosa cruz que le servía de remate y una noche desapareció ésta sin que se lograra averiguar quien fue el autor del robo; pero indudablemente obedeció éste al gran mérito artístico que aquella tenía y fue dirigido por persona inteligente; pues los ladrones procedieron con mucho cuidado y se valieron de buenos instrumentos ya que no estropearon nada de lo demás, ni rompieron el más pequeño fragmento. Nunca dejéis hijos míos, que las pasiones os dominen. Ya veis, por lo que os he contando, el triste fin de ese Beltrán que, vengativo expulsó a los judíos de aquí con más crueldad que en otras partes, donde siquiera les dieron algún tiempo más para abandonar el país en que nacieran, y veis también cómo la hija del desgraciado alcalde, dejándose arrastrar por su amorosa pasión, olvidó sus creencias, su patria y su familia y hasta fue causa del asesinato de su padre; todo por unirse con quien sus padres no querían a causa de la diferencia de la religión. ¡Cuantos remordimientos -terminó diciendo la anciana- no amargarían la vida de aquellos infelices unidos por un crimen tan grande! ¡Dios sólo lo sabe! Recopilada por Salvador Gisbert,
Variantes de la tradición oral
Tal como a mí me la contaron, la hija de un blesino se fugaba con su enamorado, posiblemente un morisco al que expulsaban, y su padre les dio alcance en este paraje, donde se entablaría una disputa o lucha, cayendo muerto el padre en el lugar donde la familia Serrano (aquí el apellido era otro) alzó la cruz. Tal como la recogió Víctor Poblador una princesa mora que salía del pueblo abandonando a su esposo, con su amante en dirección al Norte. El moro, airado, salió tras ellos tan pronto conoció la noticia, les dio alcance y los mató justo en el lugar donde ahora hay un pedestal que en tiempos sustentó una cruz. En la primera se recordaba el nombre de la familia, detalle que hizo sospechar que la leyenda no fuese tan antigua como para remontarla a comienzos del siglo XVII (los moriscos fueron expulsados entre 1609 y 1614). La segunda remontaría la acción a los tiempos de dominio musulmán, anteriores al siglo XII, incluyendo una princesa mora (un detalle muy de leyenda), lo que justificaría los datos escasos del suceso. Reflexiones sobre la leyenda narrada por GisbertEn el verano del 2000 salió al paso de todas estas leyendas orales la narración de Salvador Gisbert, quizá ligeramente novelada, pero proveniente de las décadas centrales del siglo XIX, repleta de detalles jugosos y quién sabe si algún día comprobables. Un auténtico tesoro. Contiene tantos detalles que merecen la pena resaltar:
Y no obstante, es muy probable que Gisbert construyese un elaborado relato romántico sobre una leyenda o recuerdo histórico más vago. La introducción que hace referencia a la tía Chanfa puede ser un recuerdo de niñez o un recurso literario para predisponer al lector. La tía Chanfa parece muy bien informada, teniendo en cuenta la escasa instrucción que se impartía, y mucho menor en el caso de las mujeres. Gisbert pudo comprobar en nuestros perdidos archivos locales datos que documentasen históricamente esta leyenda... o ambientarla en los idealizados escenarios medievales, como se hizo con otras muchas leyendas en esos siglos. Muestra de que el relato inventa allí dónde falta la belleza necesaria para ensalzar la leyenda estaría en la decoración del fuste y gradas, que si bien podría haberse deteriorado, no creo que hasta el punto de dejar lisa cada piedra en todas sus facetas. En definitiva, no tendremos nunca la certeza de si la leyenda oral conservaba todos los detalles de que habla Salvador Gisbert en su libro o sólo una parte. Javier Lozano Allueva Agosto de 2000
- Concha Lomba Serrano y otros. "Salvador Gisbert (1851-1912) Recuperar la memoria". Catálogo de la exposición del mismo nombre. Promovido por Ibercaja y la Diputación Provincial de Teruel, 1997. - "Leyendas y tradiciones turolenses", por Federico Andrés y Salvador Gisbert, Obra ilustrada con profusión de grabados, originales de Sr. Gisbert y otros dibujantes.. Biblioteca del Diario de Teruel. Teruel, 1901 (Imprenta de Dionisio Zarzoso; calle de San Juan, 24). - Antonio Serrano Montalvo, "La población de Aragón según el Fogaje de 1495", Institución Fernando el Católico, Gobierno de Aragón e Instituto Aragonés de Estadística, Zaragoza, 1995.
1.- El Gallupén era una especie de acueducto por el cual cruzaba la acequia de la Vega proveniente del molino Bajo, y bajo el cual cruzaba la última porción del barranco o río Seco. El camino era mucho más estrecho que el actual, porque sólo unas pocas losas tapaban esta acequia en la margen de los corrales que hay frente a la Peña. Los mayores del lugar, como mi tío Tomás Sanz, todavía recuerdan haberlo visto, contándome que tenía un ojo de un metro y medio aproximadamente, pero el paso de los años y las obras de carreteras y puentes elevaron el terreno y enrunaron esta construcción, que hoy permanece bajo el barranco pavimentado. 2.- Incluso no tengo confianza en que los protagonistas históricos de aquel suceso ahora novelado y entreverado de detalles posiblemente ciertos, fuesen judíos. No es sólo que no tengamos datos que permitan suponer la presencia judía en Blesa, sino que otras tradiciones orales hacen protagonistas a los moriscos. Además, esta inculpación, aunque inscrita en un cuento, pudo tener su origen en aquellos prejuicios antijudíos extendidos entre las clases de cierta formación cultural de esta España papanatas que hasta en cercanas décadas posbélicas hacía gala de su "antisemitismo", evidentemente paradójica en un país dónde hacía siglos que no habitaban judíos. Quien sabe si algún día aparecerá en algún enmohecido archivo zaragozano, esquivo a decenas de guerras y administraciones descuidadas, un trámite que una comisión del concejo hiciera ante el Justicia mayor de Aragón. Este detalle que menciona la narración tampoco es algo que añada hermosura a una leyenda, y por lo que se, Salvador Gisbert tuvo oportunidad de conocer documentación antigua de la historia de Blesa, que mencionaremos en futuros artículos. 3.- En 1495 estaban censados 125 fuegos o vecinos y, como es lógico, no consta ya ningún vecino judío. En Huesa si hay restos arquitectónicos y documentales de la presencia judía previa. Tampoco constan en Blesa vecinos mudéjares, como sí lo hacían abundantemente en Huesa del Común.
Última actualización: 24 de agosto de 2000
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