mediados
del siglo XX casi todos los vecinos de los pueblos elaboraban su propio
pan, como habían hecho desde la prehistoria. En este artículo
describiremos esta labor tradicional, realizada habitualmente por
las mujeres de cada casa. Haremos un recorrido histórico
para recordar a quienes fueron los horneros y panaderos, y cuales
eran los hornos "de pan cocer" en Blesa (Teruel); todos
los blesinos recuerdan los últimos tres últimos hornos,
pero no fueron los únicos que existieron.
os
tres últimos hornos de pan de Blesa (que todos sus habitantes recuerdan)
eran de particulares que los explotaban directamente o a través
de un hornero. Pero anteriormente, hasta la mitad del siglo XIX,
como todos los servicios y tiendas esenciales para la alimentación
y servicio de los pueblos (molinos, posadas, hornos, carnicerías,
neveras, pesos...), los hornos de pan fueron bienes comunales, propiedad
del propio pueblo, que se arrendaban para su explotación. El arrendamiento
proporcionaba ingresos al concejo local, y mediante las estrictas
condiciones que marcaban al arrendador garantizaban unos servicios
constantes y a precios tasados. Esto iba unido a un régimen de
monopolio que contribuía (todo hay que decirlo) a sofocar cualquier
iniciativa de competencia en la sociedad tradicional. La posesión
de estos servicios por parte los municipios era una característica
muy extendida entre los pueblos que formaban las Comunidades de
Aldeas aragonesas, como la de Daroca, en el caso de Blesa. En otros
pueblos cercanos, como Lécera, que fueron de señorío, muchos
de estos servicios eran del señor temporal correspondiente,
que recibía las rentas[1].
En los registros de la contribución de 1851[2] figuran los bienes del Ayuntamiento de Blesa,
entre los que estaban el "Molino del Ocino", la "posada
en la calle del Mesón", "una casa macelo en la Plaza Bieja",
y los dos hornos de pan: "un horno en la calle de la Hilarza"
y otro "horno en la calle del Horno Bajo".
| |
producto total evaluado |
gastos naturales |
producto liquido imponible |
| 1 horno calle del Horno Bajo |
255,6 |
170,4 |
85,2 |
| 1 horno calle de la Hilarza |
279 |
186 |
93 |
Los dos hornos eran como vemos similares en rentas, gastos y valoración
para hacienda.
Tengamos en cuenta que la población de Blesa era bastante elevada
en aquella época (288 vecinos, 1.152 almas, indica Madoz en su informe
de 1855), por lo que serían necesarios los dos hornos para atenderla.
Los hornos "del pueblo" cambian de manos
Todo aquel esquema de propiedades concejiles y eclesiásticas comenzó
a cambiar a partir de 1855, cuando los gobiernos liberales, con
la sana idea de modernizar un país claramente retrasado (y recaudar
unos fondos imprescindibles para un Erario casi en bancarrota, inmerso
además en las recurrentes guerras carlistas), desamortizaron los
bienes de las "manos muertas", en este caso los bienes
propios de los municipios. La intención era que esos bienes (servicios,
montes blancos, campos, molinos, fábricas...), pasaran a manos de
particulares que los explotaran con mentalidad capitalista.
Precisamente, otro de los documentos que conservamos respecto a
nuestros antiguos hornos de pan comunales, es la adjudicación de
su subasta.
En el Boletín Oficial de Ventas de Bienes Nacionales de la Provincia
de Teruel (BOVBN), del 21 de mayo de 1859 encontramos la
noticia de que el 11 del mismo mes se habían adjudicado los dos
"hornos de pan cocer" en la subasta correspondiente[3].
Los dos hornos de pan provenientes de sus propios, fueron comprados
por un tal Francisco Biel, por 8.040 reales de vellón, cada
uno. Al tener un mismo precio se supone que ambos tendrían características
similares.
Respecto al comprador, por el apellido no parece estar relacionado
con Blesa. Sería probablemente un forastero.
No he podido hallar en los boletines de Venta de bienes nacionales
la ficha de los hornos blesinos, lo que nos hubiera proporcionado
diversa información, como su valor de arriendo, superficie, y otros
detalles. |
|
¿Pero dónde se encontraban estos hornos?
Para saber la situación exacta de los hornos hubimos de
acudir a fuentes orales, restos del archivo municipal de Blesa,
y las pistas que dan otros libros de hacienda del pasado siglo XIX.
Sabemos que al menos uno de los hornos dio nombre a una calle del
pueblo de Blesa: la calle del Horno Bajo. En este caso,
la mayoría de los vecinos más mayores (en 2004), ya no lo vieron
en funcionamiento, conservan memoria del portal del viejo horno
municipal, aún hoy en pie. Tal como me enseñó el vecino
Tomás Sanz, se trata de la casa que tiene su puerta tapiada y enmarcada
por un arco de ladrillo, y un alero con adornos a base de ladrillos
macizos, en el tramo alto de la calle del Horno. La vecina, Leonor
Naval (nacida en Blesa en 1911) sí recuerda haber ido de muy joven
a este horno.
Además de la mención de 1851, sabemos por el amillaramiento de
hacienda de 1858 que figura en la calle del Horno Bajo,
que la viuda de Gabriel Ruiz tiene en ella una casa que linda con
Juan Antonio Beltrán y el Horno, y otro vecino, Mariano Pérez,
lindaba con Pascual Palacián y Horno Bajo[4].
Por otro lado, tenemos una sencilla huella documental de la actividad
en este horno, rescatada del archivo Municipal de Blesa. Allí
se conserva un fragmento de una nota que dice "Horno Bajo
año 1840", seguida de una lista de nombres de clientes.
Si habían pagado todo lo debido aparecen seguidos de una
cruz, salvo un tal "Francisco Maycas" que sólo
"pagó primera mitad" y que se sigue de una raya.
A la derecha, una indicación parece indicar una cantidad
(13 rs. 8 dins), posiblemente la cantidad debida[5].
Bernardo Aznar, actual dueño del edificio, nos lo enseñó
muy amablemente. Está transformado, pues unos dueños
anteriores transformaron el gran espacio vacío del horno
en una vivienda de dos plantas, y eliminaron la cúpula del
horno para transformarlo en corral. El horno era muy capaz, podría
tener una cúpula de cinco o seis metros de diámetro.
El espacio para trabajar era bastante amplio. En mitad de la sala
había un gran arco de dos pisos de altura (hoy visible) para
sustentación del tejado. El tejado era a dos aguas, dividido
por pared del frontal del horno, como creo recordar era también
el horno alto. Bernardo nos contó que el horno, cuando funcionaba,
era de las Fabianas, y que se lo compró Ramón el Tano.
o o o
El otro horno de pan se llamaba por entonces "el horno
alto", como podía suponerse. Su emplazamiento, hasta que
terminé esta investigación, era un pequeño misterio, pero
ahora hemos hallado una mención documental que aclara en qué lugar
de la calle Hilarza estaba, gracias a la contribución (amillaramiento)
de 1858, es decir, un año antes de que se subastasen.
Por este amillaramiento sabemos que "Pedro Tena", vecino
de Lécera poseía en Blesa una casa en la "calle Mayor
[que lindaba] con Manuel Lomba y el horno alto"[6]. Por el otro lado, los lindes de un vecino, de la calle
de la Hilarza, Marcelino Lou, eran con Manuel Pastor y el
Horno. Por ambos vecinos, que lindan con el horno, y los
apellidos de los primeros, resulta que el llamado Horno Alto en
el siglo XIX es el llamado durante el siglo XX, horno Viejo,
de la calle la Hilarza[7].
Este permaneció en servicio hasta 1960, y existió como edificio
hasta finales del siglo XX.
Lo que no hemos hallado son documentos que nos esclarezcan los
orígenes de ambos hornos de pan, posiblemente muy antiguos, pues
eran servicios imprescindibles.
Comparación con otros hornos subastados
El precio pagado en subasta en 1859 por los dos hornos de pan de
Blesa delata que debían de ser bastante capaces y estar en buen
estado, pues es relativamente alto comparado con otros hornos de
pan de pueblos del entorno.
Seleccionamos de diferentes Boletines de Ventas de Bienes Nacionales
de entre 1856 y 1859, los precios de su salida a primera subasta,
o segunda si no había compradores en las primera; de algunos sabemos
el precio que alcanzaron. Por las fichas de las fincas sabemos
que casi todos tenían una superficie que rondaba los 100 m². En
la siguiente relación destacan por su alto precio los molinos de
ciudades como Alcañiz, que apuntamos como ejemplo.
| Localidad |
1ª subasta |
2ª subasta |
Precio de venta |
| Alcañiz (3) |
51.300
67.500
25.000 |
26.000
30.000
22.500 |
|
| Allueva |
1.800 |
|
|
| Armillas |
11.362,50 |
|
|
| Bádenas |
|
|
5.800 |
| Bea |
|
|
2.000 |
| Blesa (2) |
|
|
8.040
8.040 |
| Cella |
|
|
7.600 |
| Cortes |
5.858 |
|
|
| Cuencabuena |
|
900 |
1.600 |
| Fonfría |
1.100 |
|
1.250 |
| Josa |
10.200 |
|
|
| La Hoz de la Vieja |
34.987,50 |
7.000 |
11.610 |
| Loscos |
11.250 |
2.500 |
|
| Maicas |
(12.150) 7.200 |
4.500 |
6.661 |
| Martín del río |
6.750 |
6.500 |
|
| Mezquita de Loscos |
1.440 |
|
2.400 |
| Monforte |
2.250 |
|
4.200 |
| Muniesa |
18.720 (o 24760) |
6.200 |
14.000 |
| Muniesa |
11.000 |
|
4.510 |
| Piedrahita |
1.260 |
|
|
| Rudilla |
1.860 |
|
2.010 |
Los pueblos de la sierra tenían hornos de pan muy pequeños
a la vista de su precio de salida o remate. El caso de Muniesa
es distinto al de Blesa, ya que tenía dos hornos de pan, pero uno
era claramente el principal, siendo el otro pequeño o en
muy mal estado. En algún caso el precio de venta era superior al
de subasta (Monforte, Rudilla, Mezquita), pero en otros la poca
demanda o interés motivo una baja recaudación (caso de La Hoz de
la Vieja, o el segundo de Muniesa).
Donde hay hornos hay... horneros
Sabido es que la forma de funcionamiento de los hornos municipales
era que cada vecino llevase su propia masa trabajada y luego les
diese la forma ('adelgazar') de panes o bollos. A cambio de la
cocción pagaban al hornero, o bien en pan (la poya), o en dinero,
como se implantó en la segunda mitad del siglo XX.
La existencia de panaderías tenía en aquel entonces poco
sentido, salvo para número de clientes muy concreto que no se "mancharía
las manos", como pudieran ser algunos funcionarios o miembros
del clero, y alguna gente muy anciana.
Entre 1865-69 aparecen en la contribución dos horneros (¿o propietarios?),
Francisco Ferrando Puche (en la calle Mayor), y Joaquín Calvo Benedit
(en la calle del Medio). Pero desde la contribución de 1868, cambian
los criterios de las señas de los individuos y entonces pagan
la contribución: Francisco Ferrando, que vive en Muniesa,
y Joaquín Calvo en Azuara[8].
Se trataría de verdaderos propietarios absentistas de los dos hornos
que existirían entonces, no de los horneros.
El caso de los hornos de pan de Blesa es uno más, que apoya la
generalización de que las propiedades compradas por "subasteros"
en el periodo de las desamortizaciones, permanecían poco tiempo
en sus manos, ya que compraban los bienes comunales para especular
con ellos. Seguramente estos propietarios de Muniesa y Azuara pagarían
por los hornos mucho más de aquellos 8.040 reales.
En 1890[9] y 1897, según los respectivos
censos electorales[10], había
dos horneros: Miguel Gascón Valiente, 52 años
(en el 1897), en la C/ Baja, y Manuel Lou Domingo, 38 años,
en la C/ Mayor. Las direcciones son las de sus domicilios. Seguían
en activo en 1902[11]. En el censo electoral de 1906 sólo figura Manuel
Lou.
1916: Horno de pan sin venta: Manuel Lou Domingo (¿horno
viejo?), Silvestre Ferrando Arnal (¿horno nuevo?).
1926: Justo Serrano Pérez (horno Nuevo) y Rafael
Lou Allueva 'el hornero' (horno viejo).
1932: Justo Serrano (horno Nuevo), al que ayudaba su hijo
Santiago cuando era soltero; y Pedro Lou Allueva 'el hornero'
(horno Viejo).
1934 Figuran ya tres hornos sin venta: Justo Serrano
Pérez[12] (horno Nuevo), Pedro Lou Allueva (horno viejo), y el
nuevo horno de la calle Hilarza, regentado por Salvador Nuez
Plou.
|


|
|
l
comenzar 1950 vivían en Blesa 973 personas, (dos tercios de los
que lo habitaban veinte años antes), y los hornos abrían
todos los días salvo los domingos.
En los hornos se concentraba parte de la vida social del pueblo,
pero sólo cuando hacía frío. Los grupos de amigos del hornero "se
apretaban" allí en las largas noches de invierno para calentarse,
hablar, cantar y "echar algún gato al horno", como broma
cruel.
Tres fueron los hornos que se mantuvieron abiertos hasta el final
de esta actividad en Blesa, como fiel reflejo de la vitalidad de
la población.
El Horno Viejo
Su local e instalaciones existieron hasta el año 2000 aproximadamente,
sito en el nº 38 de la calle la Hilarza, lindando con el primer
callizo de la calle por ese lado.
Como hemos dicho más arriba, el "Horno Viejo"
de Blesa era el nuevo y lógico nombre del que fuese tradicionalmente
el "Horno Alto". En el siglo XX también se conocía
como 'el horno de las Fabianas'. Pero antes de ello sabemos
que otro de los hacendados locales de la época de entre siglos,
General Forniés y Calvo, lo
compró a D. Joaquín Calvo Blasco, el 31 de mayo de
1902[13].
Durante décadas, el hornero (que no el propietario) fue Manuel
Burillo.
Tras la guerra civil, de 1939 a 1947 sólo funcionó en Blesa este
horno de pan, (sin venta). Tomasa Lou Allueva (mujer del
anterior) era la hornera del de horno, y lo tenía arrendado a las
Fabianas. Tras ella, lo regentó su hijo José María Burillo
durante décadas.
Tras estar cerrado un tiempo estuvieron de horneros Josefa Burillo
(también hija de Manuel Burillo y Tomasa Lou), y su marido Joaquín
Iranzo el Monevino.
Se volvió a cerrar otros pocos años y se reabrió durante
unos dos o tres años por Antonio Lou (ayudado por
su hermano José y su madre Balbina). Él, aprendió el oficio en
Vilanova i la Geltrú (Barcelona), y cuando volvió a Blesa "trajo
las barras de pan", que hasta entonces no se cocían en los
hornos blesinos.
Ellos fueron los últimos en llevar el horno Viejo, que terminó
su vida laboral en los años 60. Tras ello estuvo parado
durante unas cuatro décadas hasta su conversión en cochera.
Recuerdo muy bien el aspecto del horno, con una fachada de muro
forrado de yeso, una gran puerta de dos hojas en el centro y sendos
ventanales altos a cada lado. El lateral, que daba al primer callizo
de la calle la Hilarza, era de tabique moruno, con una pequeña
base de piedra. El horno sólo tenía una altura.
Como anécdota, Aurora Muniesa nos cuenta, que la trampilla de este
horno, tenía asas, en lugar de palancas de apertura, como hemos
podido ver en el Nuevo y el Ramón Plou.
|
|
El Horno Nuevo
En la calle Mayor todavía se conserva parte de la instalación del
horno de pan, que aún conserva el estilo primitivo, ya que el local
no se reutilizó como vivienda ni garaje, sino que fue ocupado parcialmente
por la actual oficina de la caja de ahorros de Ibercaja.
Este horno lo promovió una sociedad anónima, encabezada en parte
por la familia de los Castellanos. Se crearía la sociedad
sobre 1918, o quizás antes, y su propiedad estaba dividida en acciones
de 25 pesetas cada una.
.jpg)
Los accionistas a 31 de diciembre 1918 eran los siguientes (el
último número indica cuantas acciones poseían)[14]:
| Allueva Nuez, Mariano |
2 |
| Allueva Plou, Domingo |
1 |
| Andreu Guallar, Francisco |
2 |
| Arnal Alcaine, Francisco |
1 |
| Arnal Bailo, Felipe |
1 |
| Arnal Bailo, Ignacio |
1 |
| Arnal Lou, Mariano |
1 |
| Arnal Serrano, Ramón |
13 |
| Artigas Colás, Pedro |
1 |
| Artigas Escosura, Patricio |
6 |
| Artigas González, Demetrio |
1 |
| Artigas González, Jorge |
4,5 |
| Artigas González, Tomás |
11,5 |
| Artigas Serrano, Valero |
1 |
| Bartolo Artigas, Ángel |
12 |
| Bartolo Artigas, Felipe |
28 |
| Bartolo Burriel, Basilio |
26 |
| Celma Serrano, Francisco |
1 |
| Ferrando Arnal, Silvestre |
3 |
| Garcés Bardají, Florián |
7,5 |
| Goez Gracia, Feliciano |
1 |
| Goez Lou, Andrés |
1 |
| Lahoz Cabañero, Tomas |
1 |
|
| Lomba Lou, Rafael |
2 |
| Lou Bailo, Mateo |
1 |
| Martín Castro, Manuel |
1 |
| Martín Gracia, Narciso |
1 |
| Mercadal Artigas, Ramón |
1 |
| Mercadal Fleta, Francisco |
1 |
| Naval Plou, Ponciano |
1 |
| Navarro Aznar, Manuel |
2 |
| Nuez Artigas, Juan |
1 |
| Nuez Castro, José |
1 |
| Nuez Ruiz, José |
2 |
| Pérez Allueva, Gil |
1 |
| Pérez Bello, Manuel |
1 |
| Pérez Lou, Faustino |
1 |
| Plou Arnal, Manuel |
1 |
| Royo Gimeno, Joaquín |
13 |
| Royo Lomba, Andrés |
11 |
| Royo Lomba, Pascual |
1 |
| Royo Serrano, Gabino |
4 |
| Simón Artigas, Cecilio |
1 |
| Simón Bude, Francisco |
1 |
| Simón Pérez, Francisco |
2 |
|
Con posterioridad a estos accionistas, fueron llegando
otros blesinos a la sociedad, a menudo por herencia de sus familiares
(algunos ya eran accionistas y adquirieron más).
| 22/05/1921 |
Martín Pérez, Juan |
6 |
| 22/05/1921 |
Martín Pérez, Paulino |
6 |
| 26/02/1930 |
Artigas Colás, Pedro |
1 |
| 26/02/1930 |
Blasco Calvo, José |
1 |
| 26/02/1930 |
Lou Bello, Aquilino |
1 |
| 26/02/1930 |
Lou Bello, Mariano |
1 |
| 26/02/1930 |
Mercadal Lou, Melchora |
1 |
| 26/02/1930 |
Serrano Lou, Ángel |
1 |
| 01/01/1932 |
Martín Mercadal , Martina |
3 |
| 01/01/1932 |
Serrano Ortín, Mariano |
2,75 |
| 01/01/1933 |
Artigas Ruiz, Gregorio |
2 |
| 31/12/1933 |
Bartolo Artigas, Ángel |
3 |
| 31/12/1933 |
Castro Lahoz, Andrés |
3 |
| 31/12/1933 |
Pérez Lou, Faustino |
1 |
| 31/12/1933 |
Serrano Salas, Antimo |
1 |
| [31/12/1933] |
Garcés Bardají, Florián |
3 |
| [31/12/1933] |
Mercadal Pérez, Tomás |
1 |
| [31/12/1933] |
Simón Royo, Eliseo |
2 |
| 3[1]/12/1933 |
Mercadal Pérez , José |
3 |
| ¿? |
Bartolo Burriel, Basilio |
1 |
En la posguerra, el horno Nuevo permaneció cerrado varios
años. Entre 1949 y 1953 Félix Guallarte, fue comprando todas
las acciones que pudo a los propietarios. Cuando al fin fue suyo,
procedió a arrendarlo, con lo cual volvió a funcionar, y a haber
dos hornos en Blesa.
De esta forma, fue arrendado y puesto en marcha de nuevo por la
familia Muniesa Bardají (los Chanfa) entre 1952 (o
quizá incluso un poco antes) hasta 1960 aproximadamente. Esta familia
de emprendedores, no tenía tradición de horneros de pan, pero les
enseñó Rafael Burillo un año o poco más, y aprendieron.
Aunque toda la familia podía ayudar, las que llevaban el horno y
más sabían eran las hermanas Aurora y María. Los hermanos se ocupaban
sobretodo de limpiar el horno. Aurora estuvo en él hasta 1958,
en que se casó; la familia dejó este negocio cuando María se marchó
de Blesa.
En este periodo, nos cuenta Aurora, que ya cobraban el pan con
dinero: lo pesaban y cobraban a tanto el kilo. Se siguieron pagando
en especie los otros productos. Nos recuerda que cobraban 2 de
cada 30 roscones, o 1 de cada 40 magdalenas.
La familia Muniesa no sólo hizo pan para Blesa. Durante los años
1953 al 58 aproximadamente llevaban pan a los pueblos de Huesa y
Moneva, un día a cada uno. Lo llevaban a las tiendas de Ernesto
en Moneva y de Luis Redondo en Huesa del Común.
|


Instantáneas tomadas en el Horno Nuevo de
Blesa. Fotos FJLA (2003) |
El horno de Ramón Plou
Este horno está situado al final de la calle la Hilarza (actual
número 6). Fue puesto en marcha sobre 1934 por Salvador Nuez
Plou[15] . Salvador era agricultor, pero
se quiso quitar de la tierra y montó este pequeño horno cuando
funcionaban otros dos más en Blesa. La vocación de este horno fue
ser principalmente panadería, vender el pan que ellos mismos realizaban.
Vendían en Blesa y otros pueblos. Además de ello, la gente acudía
a hornear aquello que no podían hacer en su casa, como magdalenas
y o similares.
La guerra civil truncó también la carrera de este
horno. Tras varios años parado por causas habituales en
la posguerra, lo reabrió el matrimonio de Florencio Salas
y Regina Plou, hermana de Ramón. Regina (sobrina de Salvador
Nuez) lo tuvo abierto 13 meses, y aunque les iba muy bien, sobre
1956 emigraron a Zaragoza. Regina también nos recuerda que
aunque en tiempos de su tío Salvador utilizaron carbón,
ellos quemaan leña, aliagas y los tallos secos que quedaban
tras la destilación del espliego, que por entonces tuvo un
importante auge en Blesa. Este espliego desecado ardía
muy bien y lentamente y era excelente para hornear.
Tras Regina estuvieron de horneros Salvadora (tía suya) y su marido
Julio Salueña.
Cuando Salvador Nuez quiso vender el horno se lo compró su sobrino
Ramón Plou. Ramón aprendió el oficio de hornero con un panadero
que trajo de Belchite, que llamaban “El Picota”.
Ramón (hermano de Regina y José Plou) nos recuerda que había mucha
competencia entonces.
El horno estuvo en funcionamiento hasta 1967.
Ramón Plou todavía conserva en su la casa el horno,
así como una amasadora que tienen en el patio. La fuerza
para la maquina de masar la proporcionaba una mula que daba vueltas
en lo que ahora es su cocina, y que se transmitía a la amasadora
a través de un malacate.
Si bien era mayoría la población que fabricaba su propio pan, había
quien se ganaba unos ingresos extra fabricando pan. El registro
de estos panaderos sin horno debe ser muy incompleto.
De 1852 conservamos la noticia de la existencia de una "Tienda
de pan" en Blesa, regentada a Josefa Ferrand[16].
En 1932 figuraban dos personas dedicadas a Venta de pan: Ignacio
Arnal Bailo y Francisco Marco Castro. Faustino Pérez Lou
se dedica a Venta de pan con tienda.
En 1934 vendían pan Mariano Martín Salas y Salvador Nuez
Plou, que este sí montó su propio horno en la calle Hilarza[17] .
También fue panadera en Blesa Pilar Lou Naval,
y su hija Aurelia Artigas sobre 1955 o 1957 y durante cuatro
o cinco años. Se dedicaban a hacer pan, que masaban con
una máquina con manil ('manubrio') que les hizo "el
tío Manuel Provincial" (padre de José Provincial).
Los agricultores locales no tenían suficiente harina para
proveer a los panaderos de Blesa, así que debían adquirirla
en las fábricas harineras de Muniesa o Moyuela. Tras preparar
la masa la llevaban a cocer a cualquiera de los dos hornos. Vendían
su pan a algunos blesinos, pero sobre todo a Huesa del Común.
La división política que poco a poco fue marcando a los vecinos
desde las primeras décadas del siglo XX, también tuvo su reflejo
en la creación y competencia por los hornos de pan. El horno viejo
estaba en mano de una familia rica de la localidad. Durante la
época de la Restauración ellos simbolizaban lo que se ha llamado
caciquismo. Algunos miembros del nutrido grupo de blesinos que
fundó el "horno Nuevo" de la calle Mayor, no pensaba sólo
en construir un horno, era una suerte de sociedad donde estaban
muchos de los republicanos de aquellas décadas de entre siglos.
A medida que las ideologías se iban haciendo más marcadas, el horno
nuevo se señalaba como de los de izquierdas, y el viejo de
los de derechas, más o menos como ocurría con los cafés. A pesar
de eso, no es poca la gente que me dice que iban a uno o a otro.
Irene Serrano nos cuenta, al respecto, la anécdota de cómo una
de sus bisabuelas, madre de Simona Lou, trataba de que sus hijos
o nietos fueran a masar al horno Nuevo, donde tenía por lo visto
acciones (no sabemos a nombre de quien). Alguna reticencia debían
de ponerle por lo que ella los amenazaba con no dejarles las acciones
en herencia. Pero, en febrero de 1930, comprobamos como cinco acciones
que fueron de Dámaso Arnal se repartieron entre los familiares[18].
|


Ramón Plou, delante de su horno, bastante bien conservado
en el interior de su casa. Fotos FJLA (2003)
|
Recogiendo combustible
antener
un horno caliente y a punto podía consumir mucho combustible, unas
tres cargas (equivalente a 24 fajos). El término de Blesa había
sido prácticamente deforestado por la actividad humana durante siglos,
y los actuales pinares del norte todavía se estaban plantando; la
madera era más valiosa como materia prima para carpintería o material
de construcción para las casas. Por ello, los hornos de pan y yeso
de este lugar, solían quemar fajos de aliagas, estepa y otras plantas
adecuadas. Como hoy en día las aliagas (aulaga) no tienen
utilidad para los vecinos, estas plantas crecen a su libre albedrío
y podemos caer en la falsa percepción de que debía ser una planta
muy abundante y fácil de recolectar. Pero lo cierto era que, debido
al esquilmado a que se sometía a las aliagas, la recolección de
suficientes fajos no se podía hacer sin recorrer distancias apreciables.
Mi tío Ismael Allueva, cuando era joven, se ganaba unos duros llevando
cargas de aliagas a los hornos del pueblo. En aquellas décadas de
la posguerra le pagaban unas veinte pesetas por carga (una carga
tenía ocho fajos). Como decíamos antes, recolectar las aliagas no
se hacía a la vuelta de la esquina. Anselmo 'el Noble',
padre de Ismael, era pastor y sacaba el ganado por los parajes del
norte de Blesa donde recogía aliagas durante el día y le preparaba
los fajos. Por la noche le decía a su hijo donde los había dejado
e Ismael los iba a recoger con el burro.
Otros blesinos nos han recordado que había quienes traían mucha
leña para los hornos; normalmente se dedicaba a ello gente
ya mayor para otros trabajos. Recuerdan especialmente al tío Fidel,
y Manuel Lou (padre de Mateo). Uno de los que más traía
(según nos dicen) era Francisco Artigas Gracia 'El Chache',
que tenía dos borricos y carro; hacía una carretada y había días
que hasta dos; una la solía llevar a la fábrica de yeso de 'los
Chanfa', en el balsete Royo, y otra a los hornos de pan "en
las cuatro esquinas".
El trabajo del hornero
En otros pueblos con menos población, como el cercano Piedrahita
en la sierra de Oriche, en los años 30 el horno era del Ayuntamiento,
se encendía tres días a la semana y como no podía haber un hornero
que se mantuviese, cada familia del pueblo debía encargarse, por
rotación, de recoger la leña, prepararlo para su uso y limpiarlo[19].
La labor en el horno comenzaba ya el día anterior. El horno se
calentaba desde las 9 de la noche hasta las 12. Metían la leña
a un lado del horno, dentro de la misma cúpula donde cocerían el
pan. Tras preparar el horno, que alcanzaba una elevada temperatura
(unos 250ºC), ya no había que calentarlo más, con el calor residual
se cocían panes toda la noche, y repostería de menor tamaño
ya de día, cuando el horno estuviera más frío.
Sacaban las cenizas del horno con un barrastro hasta cerca de la
boca, donde las recogían con una pala de hierro. Los hornos tenían
un lugar dedicado a guardar las cenizas, que a menudo tenían aún
brasas (como recuerda muy bien Adolfo Guallarte, que una vez, jugando
de pequeño, se escondió dentro, con las lógicas consecuencias).
El hornero u hornera colocaba los panes elaborados por los clientes
en una larga y fina pala de madera, cuyo mango era capaz de llegar
al último rincón del interior del horno.
El tiempo de cocción, aunque dependía de lo caliente que estuviese
el horno, venía a durar unos treinta minutos.
La capacidad de los hornos era elevada. Según nos contaba Aurora
Muniesa, en el que ellos regentaban en la calle Mayor cabían unas
tres treintenas. Hacía falta habilidad para rellenarlo bien,
y dejar la separación entre los panes.
José Lou nos cuenta que el interior del horno Viejo tenía 5 m de
longitud y unos dos de altura, (te podías poner de pie).
El hornero cobraba la cuarentena, que consistía en quedarse
con uno de cada cuarenta panes cocidos. Y cuando cocían magdalenas
o mantecados amasaban 4 de cada 40 para el horno. Esta forma de
pago era conocida como poya, y "se debía repartir entre
el hornero y el dueño por una parte, y los vecinos que ponían
la leña por otra".
Según nos cuentan, sólo tenían báscula
para pesar los panes en el horno de Pascuala (el de Ramón),
donde podían pesar y cobrar el pan en dinero, mientras que
en los otros dos hornos no la había, y se pagaba en especie.
Era necesario madrugar mucho cuando había que ir a cocer
el pan, porque sólo se cocía por la mañana,
y la masa del pan hay que prepararla esa misma noche, pues no se
conserva. Se solía hacer pan cada quince días, dependiendo
de la casa y las disponibilidades de cada uno. Como había
muchas familias en Blesa se podía coincidir con muchos vecinos
el mismo día. Por ello, la tarde anterior se sorteaban los
turnos para la madrugada siguiente. Sacaban una chapa de una bolsa,
y el número que indicaba era a la hora de la mañana
a que tenían que acudir; daban hora desde las 2 ó
3 de la madrugada hasta 1 o 2 de la tarde.
Las mujeres se levantaban hacia las 4 de la madrugada para comenzar
a amasar en su casa, en una artesa, la harina, con
agua caliente, levadura y la sal. Previamente podían
haber porgado la harina en el ciazo[20].
La masa preparada se depositaba en una "canasta del pan"
de mimbre y se tapaba con las maseras (un trozo de sábana
blanca) y encima con el mandil (que es de lana), con la intención
de conservar el calor necesario para que se produzca la fermentación
controlada. Para conseguir levadura le iban a pedir un poco de masa
a la última mujer que había masado, que mezclaban con la suya.
La masa tardaba unas tres horas en "subir" (crecer, hincharse).
Podían juntarse varias mujeres en el horno y tener que esperar.
Además, como se preparaban grandes hornadas y no cabían
enteras, había que ir varias veces al horno a lo largo de
la mañana.
Las familias preparaban un buen montón de pan en cada ocasión.
Cuando mi abuela Miguela preparaba hornadas, hacían unas cuatro
"ringlas" (ringleras, filas) de 15 panes cada una.
En las fotos anteriores se ve la sala del horno de pan, y la cúpula
del horno, convertido en Museo de pan en La Hoz de la Vieja. Fotos
FJLA.
Ramón Plou, que era panadero además de hornero, nos comentaba que
con 100 de harina de muy buena calidad podían obtenerse unos 130
kilos de pan. Otros vecinos nos lo recordaban en arrobas, "con
una arroba de trigo (12 kilos) salían unos 15 kilos de pan".
Aurora nos cuenta que había algunos días que trabajaban hasta las
seis de la tarde.
Para llevar la masa al horno se empleaba el balluarte, un
par de palos unidos por dos trancas en las que encajaba la canasta
del pan. Los panes eran moldeados en el horno en unos largos tableros
puestos para tal fin.
Todavía se conserva en muchas casas la panera, una tabla
fina y ancha para llevar los panes sin cocer desde los largos tableros
del horno a la pala, pues cada cliente tenía la suya propia.
Para que el pan no se pegara a la pala y "que corriera bien"
las mujeres echaban un poco de remoyuelo (una harina de tercera
clase que resultaba como subproducto de la molienda del trigo) bajo
él.
Las mujeres acudían al horno con su "caja del horno"
donde llevaban harina (por si hacían algún bollo nos cuenta Aurora),
remolluelo (para que no se pegue el pan), los moldes de marcar,
rasera...
Todo este trabajo se realizaba una vez cada diez o quince días
al menos. Se masaba mucho en cada ocasión porque era una
forma de concentrar el trabajo y economizar pan. ¿Economizar
pan? Pues si, ya que según nos cuentan los más mayores,
"cuando el pan estaba recién hecho entraba muy bien"
y a medida que se endurecía no se comía en tanta cantidad.
Para conservar el pan tantos días sin que se endureciera
lo guardaban en dos lugares: los primeros días sobre el "cañizo
del pan", un cañizo colgado por cuatro cuerdas
del techo del granero, sobre el que se colocaban los panes, para
que se ventilaran y secaran bien sin florecerse, además de
evitar el acceso a los ratones. Cuando pasaban unos ocho días,
se pasaba a conservar dentro de un armario y cubierto por un trapo.
A pesar de las precauciones, nos cuentan que en alguna ocasión
algún ratón se abría paso a través del
armario y se comía el interior del pan, dejando la corteza.
A partir de la masa, que 'adelgazaban' hasta darles forma, las
mujeres hacían panes redondos o panes planos guitarras
(también conocidas como cañadas). Las barras
de pan eran desconocidas, salvo en una etapa muy tardía.
Las cañadas se podían comer enseguida, mientras que
los panes, como llevaban mucha miga y se podían apretar en
el estómago se dejaban reposar varios días en los
cañizos y armarios antes de consumirlos. Para celebrar las
bodas, las familias preparaban sólo guitarras, pues era más
práctico para comer y untarlo en el chocolate.
Los panes se hacían "cortados" (con una cortada
para que no se infle demasiado), o con idéntica función, marcándolos
con un instrumento llamado "molde de señalar"
o "señalador", consistente en un troquel
metálico (por ejemplo, un mango terminado en varios círculos huecos)
con el que se estampaba la masa del pan.
También nos recuerdan que con la masa sobrante de la masa,
que ya no daba para un pan, las mujeres solían hacerse una
torta resobada, que era la misma masa, pero mucho
más amasada, como un poco de aceite, de la se obtenía
una especie de pan más espeso y muy bueno, que guardaban
para la merienda.
Incluso en las casas más pobres se hacían magdalenas
('margaritas' en el pueblo) y mantecados para los días
de fiesta, sobre todo en la fiesta de la patrona Santa Ana. También
solían elaborar algún bollo haciendo una masa redonda,
en cuyo centro hacían un hueco para depositar aceite, azúcar
y una poca harina, tras lo cual lo doblaban por la mitad. Quienes
tenían nueces podían añadirlas a estos bollos
para hacer unos sabrosos y nutritivos bollos de nueces.
Y además existía y existe el bollo con sardina,
que elaboraban los particulares, con la masa del pan en forma de
bollo y una sardina rancia.
Aurora también nos recuerda que hicieron galletas,
(que empezó haciendo Regina en su horno de la calle
la Hilarza). Las hacían con vainilla y esencia de limón,
y utilizaban un molde que les hizo el tío Ponciano el
Herrero.
Para la fiesta de San Pedro preparaban panecicos redondos,
en Semana Santa roscas, y en Navidad una especie de pastas
con forma de gallico, llamadas así, con la misma masa
que se hacían las roscas.
En las casas no había hornos en el sentido actual, por lo que los
vecinos utilizaban los de pan para cocinar asados, como las tradicionales
cabezas (de oveja) asadas. Este servicio se pagaba con dinero,
uno o dos reales nos dicen sin precisar cuando (un duro a última
hora).
Otras pastas menos populares (porque "eso era de ricos")
eran los enrejadillos, que se hacían a base de harina
de almendras escaldadas (previamente molidas), huevo y azúcar.
Esta masa tan especial no llevaba levadura (no subía). Colocaban
una pequeña capa sobre papel de barba del estilo de las magdalenas
y... al horno. Aurora nos recuerda que de cada treinta les daban
dos, pero como se hacían pocas y pocas veces... Sólo
hacían enrejadillos la tía Cristina, las Fabianas
y la tía Herrera.
Los blesinos nos recuerdan que también elaboraban farinetas,
unas tortitas echas con harina de menudillo, al que se añadía
ocasionalmente 'chichorretas'[21] , pero no
era un producto que se hiciera en los hornos, sino en la sartén.
Llegó un momento en que Blesa fue pasto de la brutal emigración,
no quedó suficiente población para hacer rentable el funcionamiento
de hornos de pan grandes ni pequeños, ni herrerías ni carpinterías,
ni tiendas... El último horno en cerrar fue el más pequeño
y moderno, el de Ramón Plou.
Tras ello, Blesa, que había exportado pan, pasó a recibirlo desde
los hornos de Muniesa. Al principio de dos, que se vendían en una
tienda y un despacho de pan. En la actualidad lo recibe de un sólo
horno que se vende en el despacho de pan de Anita y Fermín.
De aquella estupenda repostería casera nos quedan hoy los testimonios
de los blesinos, pero también los estupendos mantecados de Moyuela,
las tortas de nueces, los bollos de sardina de Muniesa...
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El único horno con sensor de temperatura era el de Ramón. |
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