"¡Dejad que los niños!..."
El crimen de un clérigo
El párroco y el coadjutor. En busca de la víctima.
La fuerza bruta. El miedo de la niña. El pueblo se indigna.- Gritos
y pedradas.- Lo que dice la madre.
En Mediana de Aragón acaba de ocurrir uno de
esos incidentes que indignan a las personas más pacíficas,
y que demuestran de lo que es capaz un hombre hostigado por sus instintos.
Trátase de la violación de una niña por un clérigo,
y del hecho no se tiene más noticia que lo publicado por
el periódico Libertad, que envió a Mediana a uno
de sus redactores para que averiguase la exactitud de los rumores
que venían circulando por Zaragoza acerca de lo acaecido en dicho
pueblo.
Por uvas y melones
Hace seis meses que la niña Felipa Lop Nuez, de trece
años de edad, hija de los vecinos de Blesa (Teruel) Felipe y Francisca,
está al servicio de la casera del regente mosén
Joaquín Folch, que, dicho sea de paso, es una mujer hermosa,
una gran mujer.
Teniendo el regente precisión de ausentarse de Mediana durante
un mes en compañía de su ama, y no pareciéndole bien
enviar a Blesa a la niña Felipa, acordaron dejarla en casa del
sacristán Manuel Gonzalvo, que accedió
de buena voluntad, como asimismo su mujer, Luisa Portera,
en compañía de los cuales vivió hasta el día
9.
Al coadjutor Manuel Mainar encargó el párroco
la expedición de cuantos documentos parroquiales le pidiesen y
de la correspondencia del curato, razón por la cual entraba en
la casa de su superior durante su ausencia.
El día 9 presentóse el Manuel Mainar en casa del sacristán,
por quien preguntó a su mujer.
- Ha ido a segar hierba- le repuso.
- ¿Y Felipa?
- Está planchando en casa del mosén Joaquín.
- Precisamente venía por la llave; me voy allí, porque tengo
que hacer.
Entró en la mencionada casa, encontrando entretenida en su labor
a la inocente víctima, entablando con ella conversación,
de esta forma:
- ¿Sabes dónde tiene mosén Joaquín las
uvas y los melones? Quiero verlos, no sea que se echen a perder.
- Sí señor; están allá arriba.
- Sube conmigo, porque no sé dónde estarán.
Dejó la niña su labor, ajena por completo al infame atentado
que contra su inocencia se tramaba, y acompañole al desván
de la casa. Ya en él, vio, fingió ver las frutas, puesto
que solamente miraba a la niña de una manera no extraña
para la infeliz criatura, y manifestó sus deseos de ir a una habitación
del piso superior, que da al campo, y desde la cual no es posible oír
las voces de auxilio que diese la niña, por grandes que éstas
fuesen.
El desmayo
Lo que luego ocurrió allí necesitaría para ser descrito
la descarnada pluma de Zola. Baste decir que la niña se desmayó
y que entonces, según se afirma, realizó el clérigo
sus deseos.
Al recobrar el conocimiento, Felipa, presa de agudos dolores, comenzó
a pedir socorro, no siendo oída de nadie.
Entonces -narra Libertad- el violador la impuso silencio, diciéndola:
- ¡Si gritas te mato!
Refugióse la infeliz en un rincón, llorando a lágrima
viva, y entonces su verdugo pretendió convencerla de la conveniencia
de callar. Viendo que su víctima no le hacía caso, salió
de allí, encaminándose a casa del sacristán, con
cuya mujer, Luisa Portera, habló largo rato.
La niña Felipa salió enseguida, encaminándose también
a casa del sacristán, con el propósito de contar lo ocurrido;
pero al notar la presencia de Manuel Mainar no se atrevió a entrar,
esperando a que aquel saliese.
Contó, pues, a Luisa Portera el atentado de que fue víctima,
y la sacristana la encareció que callase todo, que no dijese una
palabra a nadie mientras tanto venía mosén Joaquín,
a quien dijo escribiría.
Y esperando pasaron los días hasta el 25 de noviembre, en que,
como decíamos, comenzaron a correr rumores acerca del suceso, pues
la niña, desconfiando ya del viaje del párroco, debió
contar todo en alguna casa del pueblo.
Manifestación imponente
Y tanto detalles se dieron de lo sucedido, que al fin se comunicó
el hecho al juez de instrucción de Pina y al gobernador civil de
la provincia, con lo cual empezaron a instruirse las primeras diligencias,
tomando declaración al coadjutor, a la niña, y a cuantos
directa o indirectamente intervinieron en el suceso y su descubrimiento.
En esto se supo que los padres del coadjutor habían
ofrecido una cantidad para cuando sea mayor la niña Felipa, y otra
a la sacristana Luisa Portera, que ha hecho declaraciones que perjudican
al coadjutor, ya que éste, queriendo eludir responsabilidades,
acusó como autor del delito al hijo del sacristán
Pascual Gonzalvo, jovenzuelo muy apreciado en Mediana, y a quien,
a más de por su edad, se cree incapaz de cometer tal acto, por
sus condiciones morales.
Creyendo, más o menos justificadamente, el vecindario de Mediana
que la acción de la justicia no era lo eficaz que debía,
lanzóse a la calle formando una imponente manifestación
que recorrió toda la villa pidiendo a grandes voces el castigo
del criminal.
La protesta fue clamorosa, y hubo pedradas y mueras. Los manifestantes
pasearon por las calles un gran cartel, donde se leía en rojos
caracteres una sola palabra: JUSTICIA.
Después de esto nada ha ocurrido, y el coadjutor sigue en libertad,
aun cuando los médicos de Mediana de Aragón y de Fuentes,
que reconocieron a la niña, certifican la existencia del delito
denunciado.
Dolor de madre
El redactor de Libertad consiguió avistarse con la madre
de la desventurada Felipa, quien le dijo lo siguiente:
«Yo, señor, soy de Blesa, de la provincia de Teruel.
Mi marido, Felipe Lop, es pastor y está enfermo, y así lo
he dejado en casa. Como usted puede suponer, somos pobres, muy pobres,
y como tenemos muchos hijos, aproveché la ocasión de colocar
a mi hija en casa de mosén Joaquín, figurándome que
estaría bien guardada. ¡Ay! ¿Quién iba a pensar
que tendría tanta desgracia? En cuanto recibí la carta,
sin decir nada a nadie, ni aun a Dios -¡qué vergüenza
me daba!- aunque la chica no tiene miaja de culpa, me puse en camino.
¡Ah, señor! No sabe usted cuanto daría por que se
castigase a ese mal hombre, que es peor cien veces que el más criminal.
¿.,.?
- No, señor; aunque me dieran lo que vale este pueblo y el
mundo entero no me conformaría. El mal que le ha hecho a mi pobre
hija no se paga con dineros, sino con la vida. No seso otra cosa sino
que le castiguen, que lo metan en presidio.»
Mensaje expresivo
Mientras, como el vecindario desespera de que se haga justicia, piensa
elevar un mensaje al arzobispo Soldevilla pidiéndole
que deje vacantes las plazas de párroco a coadjutor, atendiendo
no sólo a lo ocurrido, sino a la poderosa razón de que puedan
realizarse la economía de sus sueldos, ya que no pasan de seis
las personas que en los días más solemnes acuden al templo.
Como no se haga justicia de uno u otro modo, en Mediana ocurrirán
gravísimos sucesos. Y si no, al tiempo.- C.