Hay lugares en el pueblo que tienen el superpoder de transformarse. Lo mismo pueden albergar un emocionante partido de frontenis, que acogen a los comensales en una multitudinaria comida festiva, es un gimnasio improvisado o, como ocurrió el pasado 7 de agosto, se convirtió por obra y gracia de la ilusión en una gran pista de circo.
El escenario elegido fue el frontón, que dejó atrás sus habituales rebotes para acoger risas, aplausos y exclamaciones de ohhh.

La jornada, pensada para el disfrute intergeneracional, logró reunir a niños y mayores en una experiencia estupenda, dónde todos nos convertimos en artistas por un día.
El pistoletazo de salida tuvo lugar a las 19 horas, con un taller de manualidades muy especial. Lejos de ser una simple manualidad , tenía un propósito claro y práctico: fabricar nuestras propias pelotas de malabares.
Con globos, arroz y mucha mañana, los futuros malabaristas dieron forma a sus herramientas de trabajo, comprobando que con un poco de ingenio se pueden crear grandes cosas.
Con las pelotas ya listas, se realizó una pequeña demostración de como los pequeños artistas tenían dotes de malabaristas.

A continuación los organizadores extrajeron de sus maletas un auténtico arsenal de utensilios circenses y ofrecieron una muestra de lo que se podía hacer con ellos. Malabares, equilibrios en la cuerda floja y la "rola bola", que desafiaban la gravedad, con un público entregado.
Tras la exhibición llegó el momento más esperado: la pista quedó abierta a todos. Los asistentes, grandes y pequeños, se lanzaron a probar los diferentes aparatos traídos para la ocasión.

Entre todos los artilugios disponibles, hubo dos claros reyes de la tarde, que acapararon la atención y actividad de la gran mayoría:

- El diábolo: que puso a prueba la coordinación y paciencia de más de uno.
- Los platos chinos: que desataron la emoción colectiva intentando mantenerlos girando sobre las varillas sin que se cayeran al suelo.

Entre risas y algún que otro aplauso triunfal al conseguir un reto difícil, la tarde avanzó casi sin darnos cuenta.
El frontón demostró una vez más que no se necesita grandes artificios para brillar, sino ganas de compartir y disfrutar juntos. Fue una tarde redonda que ya forma parte sin duda, de los mejores recuerdos de este verano.
Por Helena Sanz
