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o nos quedan muchos
recuerdos, afortunadamente, del paso de las guerras del siglo XIX por
nuestro pueblo. Sin embargo, en este artículo presentamos
una historia, recopilada en dicho siglo por el blesino Salvador
Gisbert, (1851-1912) que se hace eco de un hecho (o quizá leyenda)
ocurrida en la Guerra de la Independencia durante el paso de una columna
del ejército napoleónico. Además, el suceso
pretende dar nombre a un paraje de las montañas próximas,
aunque ni los mayores del pueblo lo han oído utilizar.
Investigaremos, por tanto, si esta historia y el topónimo
se mantienen, aunque sea de forma más o menos vaga, en la memoria
de nuestros mayores.
Pero no todos los actos bélicos protagonizados por los ibéricos
guerreros fueron contra los soldados napoleónicos. De los
pocos trabajos documentados que hablan de quienes lucharon "a favor del
Imperio" existe uno excelente, publicado por Luis Sorando Muzas,
del que hemos extraído literalmente algunas notas de un suceso muy
contrario al primero. En dicho trabajo están basados los apuntes
que se dan sobre los afrancesados y las guardias cívicas, y le remito
a él para conocer este oscuro episodio del pasado(1).
La historia heroica de «la peña del mudo»
tal como la transcribió Salvador Gisbert
ramos ocho. Armados con trabucos, fusiles viejos y mohosos sables nos habíamos
propuesto oponernos al paso del invasor.
Apostados detrás de unos peñascos que limitan y estrechaban el camino,
permanecíamos esperando a los soldados de Napoleón que se
adelantaban en columna cerrada, compuesta de algunos miles de hombres,
formando como una gigantesca serpiente que lentamente avanzaba sombreando
la superficie del camino y amoldándose a las curvas y ondulaciones de éste.
Una avanzada de veinticinco polacos de caballería fue lo primero
que se presentó al alcance de nuestras viejas y casi inservibles armas.
El ruido de la descarga que les hicimos y la caída de tres jinetes
fueron las primeras noticias que aquellos descuidados exploradores tuvieron de nosotros.
¡Retrocedieron!
Volvimos nosotros a cargar las armas y nos preparábamos para
hacer una segunda descarga, pero antes de efectuarlo tuvimos que abandonar
nuestros atrincheramientos y retirarnos ante los numerosos grupos de infantería
y caballería que se destacaban en contra nuestra, dispuestos sin
duda a envolvernos y hacernos pagar cara tamaña osadía.
Haciendo fuego y parapetándonos en las desigualdades y accidentes
del terreno, fuimos retrocediendo hasta llegar a las eras y pajares del
pueblo; hicímonos fuertes de nuevo en ellos y el enemigo, al notar
la resistencia que le hacíamos, retrocedió también
temiendo caer en alguna emboscada y esperó al grueso de la columna
que avanzaba lentamente por el camino del Val, acercándose
con toda clase de precauciones al poblado.
El cura, el alcalde y otros individuos del concejo, acompañados
de algunos pudientes, salieron entonces en señal de acatamiento,
fuera del lugar, a recibir a los invasores, no sin habernos enviado antes
algunos emisarios para hacernos desistir de nuestra locura.
Uno de los nuestros propuso hacer fuego sobre aquellos serviles que,
en vez de seguir nuestro ejemplo, prestaban a los franceses pacífica
sumisión y les dejaban entrar impunemente en nuestro pueblo natal.
Por fortuna, no prevaleció la idea de nuestro entusiasta compañero
y los dejamos en paz, sin dejar por esto de hacer fuego contra el enemigo,
hasta que vista nuestra insuficiencia para oponernos al paso de tantos
miles de hombres, nos retiramos a casa y, ocultamos las armas.
Sólo uno no dejó la suya, sino que siguió haciendo
fuego sobre los primeros soldados que entraban en el pueblo y aun hirió
gravemente a dos de ellos. Los franceses, llenos de coraje, atacan
al patriota en su atrincheramiento y le obligan a retirarse; pero éste,
resistiéndose tenazmente, les hace nuevas bajas en sus filas.
Aumenta a cada instante el número de enemigos que disparan sus
fusiles contra aquel héroe; cientos de balas le son dirigidas, mas
ninguna le acierta; acosado al fin por todas partes, huye monte arriba
y allí se encuentra con un buen número de franceses que le
han cortado la retirada y le intiman la rendición prometiendo perdonarle
la vida; pero él ni se rinde ni se intimida en tan terrible momento,
sino que defendiéndose como león sorprendido en su guarida,
cuando no tiene municiones empuña el fusil por el cañón,
lo rompe en la cabeza de sus perseguidores y les tira a la cara los pedazos de su arma.
Entonces y sólo entonces, pueden los enemigos acercársele
impunemente, por todos lados avanzan gabachos que se disputan el
honor de aprisionarlo; pero él sigue retrocediendo hasta llegar
al mismo borde del precipicio que corta el monte por aquel sitio, y extendido
sus brazos se lanza al espacio antes de que puedan echarle mano sus enemigos.
Cuando
los soldados del ejército invasor se acercaron a ver el sitio por
donde nuestro compañero había desaparecido, volviéronse
hacia atrás horrorizados de la altura espantosa del precipicio que
tenía a sus pies y del espectáculo que allí se presenciaba.
A algunos cientos de palmos de profundidad se descubría una masa
informe de trapos, miembros y sangres aún palpitantes.
¡Era todo lo que quedaba de aquel temerario héroe anónimo
que se había opuesto tan tenazmente a la entrada del enemigo en su pueblo!
quella
noche el mariscal que mandaba las tropas francesas, hizo pagar a los pacíficos
habitantes del pueblo, además del importe de las raciones y contribución
de guerra que de ordinario exigía, veinticuatro mil reales más
como indemnización de los doce hombres que le habíamos muerto.
¡En verdad que no fueron muy caros! De los heridos no nos
exigió nada.
Habíamos salido a muerto por cabeza y el último defensor
había despachado a cuatro más en su heroica resistencia.
Yo confieso con ingenuidad que no sé si sacaría mi parte
correspondiente, a pesar de haber hecho veinte disparos, pues debo ser
franco y decir que, cuando disparaba, cerraba los ojos horrorizado de lo que hacía.
Este fue el recibimiento que hicimos a los franceses la primera vez
que visitaron nuestro pueblo; recibimiento que al fin nos costó
caro, pues además de las exacciones dichas y de lo que los soldados
robaron por su cuenta, al siguiente día, cuando salió la
columna camino de Plenas, fusiló en él a dos de los nuestros
que habían sido denunciados y presos la noche anterior.
De los ocho compañeros quedábamos de la primera campaña
cinco solamente; eso sí, dispuestos enseguida a emprender otra más afortunada.
i
alguna vez, pío lector, visitas el pueblo de Blesa, verás
a la llegada, sobre una eminencia muy cercana al pueblo, un pilar que tiene
la imagen de San Jorge, patrón de Aragón. Al pie de
este sencillo monumento religioso descúbrese una horrible cortadura
de rocas; por ella se precipitó nuestro héroe, prefiriendo
la muerte a entregarse al enemigo y a ver profanado su pueblo por el invasor de la patria.
Una cruz negra de madera, recuerdo modestísimo que ha desaparecido
ya, mostró durante muchos años el sitio donde aquel valiente
encontró la muerte; hoy solamente se conserva su memoria llamando
a dicho sitio la peña del mudo.
El grave defecto físico de tan heroico patriota le ha servido
de nombre para dar a conocer a las venideras generaciones su memorable hazaña.
Recopilada por Salvador Gisbert,
autor también de las ilustraciones
Publicado en
"Leyendas y tradiciones turolenses"
por Federico Andrés y Salvador Gisbert
Biblioteca del Diario de Teruel. Teruel, 1901
Reflexiones sobre la historia de "la peña del mudo"
En este caso Gisbert recoge un cuento o historia
de la que yo no había oído hablar. Al contrario que la
leyenda de la Cruz del Hituelo, también
recopilada por Gisbert, no parece haberse trasmitido oralmente entre los
blesinos.
En esta historia no se ofrece ningún detalle del protagonista
ni del narrador, algo muy extraño, dado que podría haberlo
recogido de un suceso que estaba a quizá cinco o seis décadas
vista. Ninguno de los guerrilleros aparece con su nombre, a pesar
de que podría haberlo preguntado al protagonista. Llama
la atención el que esté escrita en primera persona, por
alguien que dice participar en la acción. También es curioso,
a nuestros ojos, que midieran la altura de un precipicio en palmos, aunque
es cierto que era una medida aragonesa de la época (cuatro palmos
tenía la vara jaquesa) y hoy en día todavía la podemos
oír utilizar en nuestro pueblo, aplicado a objetos cuando falta
una medida más precisa.
Pero, entrando en materia, ninguno de los blesinos más mayores
a los que he preguntado conocía la leyenda ni el paraje de la "peña
del mudo". No es una prueba a favor de la veracidad de la historia,
aunque tampoco la descarta. El nuevo topónimo pudo no tener
mucha difusión o eco, o incluso dejar de utilizarse en favor del
topónimo religioso (que sabemos existía anteriormente, al
menos desde 1787) de "San Jorge".
Lo que sí he podido leer, es una referencia a este suceso que escribió
Manuel Guallar, presbítero y escritor de la Historia de Muniesa".
Al hablar de la guerra de la independencia en las tierras circundantes
no puede comentar grandes sucesos (salvo la batalla de Belchite, que tuvo
lugar el 18 de junio de 1809, que en realidad fue una desbandada del ejercito
local, mandado por Blake, que abrió así el camino de la
conquista francesa de Alcañiz), ni dar constancia de escaramuza
alguna. Pero sabe, por el archivero don Gregorio García-Arista(2)
que exhumó el suceso, «que hubo una refriega entre unos
franceses y los francotiradores en el término de Blesa, en el que
pereció heroicamente un hombre mudo, que batiéndose en retirada
después de haber causado bajas francesas, se despeñó
desde una alta roca».
Sería un gran descubrimiento para probar su autenticidad, saber qué fuentes consultó
García-Arista y comprobar el paralelismo con la historia narrada
por Gisbert o si contiene otros detalles.
En cuanto a las fuerzas atacantes, quizá sea una exageración
el decir que se enfrentaron a una columna de miles de hombres mandada por
un mariscal. Lo que sí parece, y el propio narrador lo apunta,
es que fuera una de aquellas fuerzas que salían de sus guarniciones
(esta podría provenir de Belchite), para recaudar las contribuciones
en metálico y en especie en los pueblos aragoneses. El narrador
dice que "hizo pagar a los pacíficos habitantes del pueblo, además
del importe de las raciones y contribución de guerra que de ordinario
exigía, veinticuatro mil reales más como indemnización
de los doce hombres que le habíamos muerto"(3). Por otro lado, quien relata el suceso, termina
dando detalles, como que aquella fue la primera vez que pasaron las tropas francesas y que
volvieron en otras ocasiones a visitar el pueblo.
Colaborando con el invasor: Afrancesados, colaboradores y guardias cívicas
Colaboradores
La Guerra de la Independencia española no fue
realmente la guerra monolítica que nos ha pintado la historia de
brocha gorda y las teleseries, con los guerrilleros hostigando constantemente
a los franceses y el pueblo colaborando con aquellos, mientras que los
afrancesados pertenecen siempre a la elite intelectual o administrativa.
En esta guerra no faltaron españoles que, por convicción,
miedo o conveniencia, colaboraron con las tropas imperiales.
A este respecto, existe un excelente trabajo de Luis Sorando Muzas, "Aragoneses
al servicio del Imperio", del cual hemos extractado la información
que exponemos.
Los juramentados(4)
o afrancesados políticos e intelectuales de espíritu liberal,
creían ver en la venida de las tropas de Napoleón, la ocasión
de que penetrasen las ideas de la Revolución Francesa en una España
atrasada y reprimida. La historia menos conocida es la de las diversas
unidades aragonesas que, con las armas en la mano, no dudaron en combatir
a sus compatriotas, apoyando así a las tropas imperiales.
Las fuentes españolas guardan un silencio casi hermético
con respecto a estos militares, pues tras el final de la contienda, se
procedió a una destrucción sistemática de cualquier
objeto o documento que pudiera recordar a estos "malos españoles"(5).
Los archivos franceses, por el contrario, han conservado material suficiente
como para permitirnos conocer la historia de estas olvidadas unidades.
Luis Sorando, basándose principalmente en dichos documentos y algunas
fuentes españolas, pudo reconstruir la historia de algunas, de las
que el Mariscal Suchet dijo: «Nosotros no podemos menos que loar
sus servicios, así como el valor que demostraron en muchas ocasiones».
Estas unidades aragonesas fueron todas del tipo "compañía",
y según Sorando Muzas pueden ser clasificadas en dos grupos, según
sus distintas misiones y características:
1º. Formado por aquellas compañías destinadas
a misiones de tipo policial, como combatir a las guerrillas, escoltar convoyes,
o hacer de guías a las columnas francesas. Son estas las Compañías
de Gendarmes, Fusileros y Cazadores a Caballo.
2º. Formado por las Guardias Cívicas, creadas para
servicio de guarnición y retaguardia, y principalmente para vincular
a las principales familias con el nuevo Gobierno.
Guardias Cívicas
Estas últimas son las que nos interesa conocer.
Para situarlas en su contexto histórico debemos saber que Aragón
estaba casi totalmente ocupado por los franceses tras la caída de
Zaragoza en marzo de 1809. En los tres meses siguientes, cayeron en
su poder Alcañiz y, tras una batalla, Belchite. En febrero
de 1810, el Emperador Napoleón creó un Gobierno Especial para
Aragón y nombró al Conde del Imperio y Mariscal Gabriel
de Suchet, Gobernador General, con lo que se crea un territorio independiente
de la España gobernada por José I. De
Suchet dependerían también Valencia y Cataluña.
Las compañías de "Guardias Cívicas", eran una especie
de ejército auxiliar formado por gente de cada localidad(6),
que realizaban servicios de guarnición y retaguardia, liberando
así de los mismos a los cuerpos del ejército activo.
Eran la versión afrancesada de las "Milicias Honradas", que se promovieron
con idénticas intenciones en el escaso territorio no controlado
por la administración francesa.
En julio de 1810 se acababan de organizar (que se tenga constancia documental),
las Guardias de Albalate, Moyuela, Belchite, Samper, Caspe,
Barbastro. Se generalizaron gracias a la coyuntura favorable que
atravesaba el gobierno francés en esas fechas y los éxitos
logrados por la comisión de indultos, que habían logrado
una "relativa" pacificación del territorio.
En la primavera de 1810, Suchet entregó armas a Samper, Albalate
y Moyuela, con el fin de que formasen sus guardias cívicas,
a modo de autodefensa; pero estas fueron pronto desarmadas, por no mostrar
el debido celo frente a "los patriotas"; tal fue el caso de las de Albalate
y Belchite (de la de Moyuela no se hizo referencia posterior).
Al parecer, un guerrillero de la zona conocido como "el Cantarero"(7),
incrementó su actividad en julio con el fin de distraer en lo posible
a las tropas francesas que asediaban Tortosa, y en estas zonas no encontró
prácticamente resistencia, sino más bien lo contrario, por
parte de los recién organizados cívicos.
El interés de muchos municipios en crear esta guardia, se debía
a que con ella quedarían libres de tener que mantener a una guarnición
francesa, con las consiguientes molestias y gastos que esta ocasionaría.
Su única misión sería la de conservar la tranquilidad.
Además, cada individuo recibía una paga, que en Belchite
era de 10 reales diarios por persona. Según dice Manuel Guallar
en su "Historia de Muniesa" citando al conde de Toreno en su Historia
de la Guerra de la Independencia, los habitantes de Aragón hubieron
de pagar a los franceses, en concepto de contribución, cuatro veces
más de lo que antes pagaban a la Hacienda Española.
En cambio, otras Guardias eran creadas como recompensa a la resistencia
de sus habitantes frente a las guerrillas, tal fue el caso de las de nuestros
vecinos de Plenas y Loscos, por decreto del 18 de marzo de
1811. Suchet autorizó a crear sendas Guardias Cívicas
de 25 hombres armados, así como la condonación de dos meses
de contribución extraordinaria, en recompensa por su activa resistencia
frente a la partida de Sabirón.
Dicha resistencia fue así narrada por la Gazeta Nacional de Zaragoza(8),
de forma claramente profrancesa:
«Los vecinos de los lugares de Plenas y Loscos,
fatigados por la cuadrilla de facinerosos que infestan sus respectivos territorios,
se reunieron en la noche del 5 del corriente, y llegaron a rodear la quadrilla
del xefe de ladrones, Sabiron, que acababa de llevarse tres mozos del lugar
de Plenas, aunque los vecinos no llevaban sino dos carabinas y garrotes,
fueron tan acertados sus golpes que mataron un facineroso, y a otro le
rompieron la pierna; y últimamente, cerrándolos por todas partes
los obligaron a rendir las armas, y los conduxeron a Daroca, en donde el
traidor Sabiron ha recibido el castigo debido a sus maldades».
Pero Sorando Muzas deduce que finalmente sólo debió
constituirse la Guardia Cívica de Loscos, pues esta sí
aparece citada en el Decreto de Suchet del 31 de marzo de 1811, por el
que se disponía la creación de Guardias en varias localidades
aragonesas. Es más que probable que la de Loscos incluyese
a personas de las dos localidades, dada su proximidad geográfica,
así como el afrancesamiento que volverían a demostrar los
de Plenas en noviembre de ese mismo año, al colaborar con
sus informaciones a la captura de "el Tío Benito".
Estos hechos no fueron sucesos aislados, y si no, recordemos que según
el relato de Gisbert, que posiblemente tiene alguna base real, propios
del pueblo denunciaron a dos de los blesinos que se enfrentaron a la columna
del ejército napoleónico. Al fin y al cabo, los pueblos
tenían que soportar las cargas fiscales de la administración
francesa, por su indefensión y desamparo, y las de los guerrilleros
o brigantes, con asaltos y esporádicos robos, porque su
modus vivendi era "mantenerse a costa del sudor ajeno".
Y con ello "los pobres caminantes, las Justicias,(9)
y los vecinos más tranquilos de los pueblos, experimentaban a cada
paso insultos y perjuicios de mucha trascendencia". La
Gazeta Nacional de Zaragoza (1811, p. 229-230) cita a modo de ejemplo
de pueblos que se resistieron a las guerrillas, armas en mano:
«Pedrola cuyos habitantes mataron a siete de ellos;
Loscos y Plenas que han prendido a Sabiron y toda su quadrilla;
Quinto, Muniesa, Luceni, La Puebla de Alborton y otros muchos; y
más recientemente los vecinos de Fet, Monsalco, Caseras, L-tall
y Finestras, que reunidos en este último pueblo acaban de coger
o matar a 11 brigantes de a caballo, después de una acción muy gloriosa.
En Blesa han preso tambien a 4 de ellos y muerto a su xefe, llamado
"el hijo del Viejo"».
Estas guardias durarían poco más de un año en nuestra
comarca, pues el 12 de julio de 1812, el gobernador militar que mandaba
las fuerzas francesas de Teruel y Alcañiz, general Severoli, recibió
órdenes de evacuar ambas ciudades y de retirarse con ellas a Mequinenza.
La presencia en Belchite no debió prolongarse más allá
del otoño de 1812.
Tras la victoria final de los partidarios del rey Fernando, la actitud
hacia los componentes de estas guardias cívicas fue mucho más
benévola que la mantenida con los fusileros y gendarmes que se nombraron
al principio, que eran fusilados en el acto por tratarse de voluntarios
"juramentados", mientras que el servicio en las Guardias era casi obligatorio.
Así, vemos como al igual que había quien se enfrentaba
contra las tropas francesas, los vecinos de pueblos como el nuestro se
encargaban de perseguir o acosar a partidas incómodas de guerrilleros,
por muy patrióticos que fuesen sus fines, y por muy poca simpatía
que se tuviese hacia las guarniciones napoleónicas. Me extrañaría
mucho que se conservase memoria de las andanzas de estos guerrilleros, sus escondites
e incluso sus nombres, pero no cabe duda de que saber que un suceso ha
tenido lugar es el primer paso para hacer luz sobre él.
Luchando contra los ejércitos
y administración francesa
Tampoco querría desvirtuar la realidad de
la guerra contra el ejército francés haciendo demasiado hincapié
en la resistencia de los pueblos contra los guerrilleros. La pronta
derrota de los ejércitos Españoles, no fue impedimento para
que gente de todo Aragón fuesen a defender la Zaragoza sitiada, suicidamente
defendida contra el mejor ejército europeo de la época.
De toda España acudieron para formar los ejércitos de liberación
que se organizaron en las zonas que no controlaba el ejército napoleónico.
Por ejemplo, en un libro en que se enumeran los turolenses participantes
en la Guerra de la Independientes, Domingo Gascón menciona a un
blesino: Lorenzo Senén Calvo y Morata. Según
dice «hizo la Guerra de Independencia en Andalucía a las órdenes
del General Castaños, tomando parte en la batalla de Bailén.
Más tarde fue hecho prisionero, logrando fugarse antes de que lo
llevaran a Francia, y prestó nuevos servicios a la Patria, obteniendo
por hechos de guerra hasta el empleo de Coronel, retirándose a Zaragoza
donde murió en 1843».
También mencionan en dicho libro a Dionisio Tomás de Muniesa,
que se licenció en 1811, tras prestar servicios en campaña, y entregó
al Tesoro quince mil reales, cantidad muy cuantiosa para la época.
Los que querían colaborar económicamente, entregaban dinero
a las Juntas que se organizaron. Otro muniesino, el Dr. don Miguel Laborda
se comprometió a entregar a la Junta de Teruel mil reales cada año
«mientras la guerra durara». También aparece una pequeña
mención al rudillense Mariano Roche, que hizo la guerra hasta 1811.
Las andanzas de un blesino contrabandista
Retrocedemos ahora hasta los comienzos de la guerra. Ángel
S. Tomás del Río, investigador de tantos temas
de Plenas, nos envió los párrafos siguientes, que narran
las anécdotas de un blesino atípico en los comienzos de
la resistencia contra los ejércitos invasores. Están extraídos
de unas cartas que escribió el blesino al general Palafox y que
se guardan en el Archivo Palafox (Caja 22-8/23).
En los pueblos de la sierra próximos a Plenas, siempre han existido
cuadrillas de bandoleros y contrabandistas. El terreno es propicio para
ello. En los años previos a 1808, existía una banda de contrabandistas,
la banda del "Manteca", en la que se apuntaban todos los vecinos
díscolos de la zona. Blas Amor, alias el "Manteca", y
su cuadrilla, que eran 14, se alistaron como voluntarios en una nueva
compañía para recibir el indulto que concede Palafox a los
contrabandistas que se apunten como voluntarios a defender la Patria contra
la invasión francesa. Pedro Plou, de Blesa, cuando se enteró
del indulto concedido a los que acudieran al real servicio, quiso formar
parte de la nueva unidad.
Todo ellos acudieron con sus caballos y armas hasta Lécera, donde
se unen con los voluntarios del pueblo, que encabezados por el Alcalde Don Gregorio
Montañés, parten hacia Zaragoza. Pero al llegar a la paridera de
Don Matías Castillo, cerca de Zaragoza, el grupo observa estupefacto como
multitud de gentes salían huyendo de Zaragoza. La cuadrilla del "Manteca",
en vista de eso, se niega a continuar y da media vuelta.
Pedro Plou se niega a marchar con ellos y continua hacia Zaragoza, donde
llega el 15 de junio al anochecer. Este individuo no se presenta en cuartel alguno,
sino que va directamente con su arma y su caballo a la puerta del Portillo. Allí
está toda la noche y todo el día 16 y 17, y el día 18 decide
hablar con el Intendente, el cual le manda ir, junto a un Sargento Primero de
Dragones de la Compañía de Palacio, hasta la Paridera de Matías
Castillo a buscar a los compañeros contrabandistas.
Llegan a la paridera, pero allí no queda ya nadie, por lo que deciden
marchar hacia la Cartuja de la Concepción por si están por allí.
En la Cartuja se encuentran con varios desertores del Penal del Canal armados
con fusiles y varios vecinos del Burgo de Ebro, que estaban saqueando el monasterio
y tenían ya cargado un carro con aceite y otros enseres. Pedro Plou cerró
las puertas del monasterio y pidiendo ayuda a 3 ó 4 paisanos armados de
Torrero que habían salido de descubierta, detuvieron y maniataron a los
saqueadores. Acertó a pasar por allí un oficial que acompañaba
a los mozos de Belchite que iban a Zaragoza, y se llevaron a los saqueadores.
Mientras, Pedro Plou parte hacia Belchite pues el oficial le informa que ha pasado
por allí la partida del "Manteca".
En Belchite ya no estaban, y se habían dirigido hacia el Campo de Cariñena,
por Herrera y Azuara. Pedro Plou logró dar con ellos pero no quisieron
alistarse, así que regresará otra vez a Zaragoza. Escribió
una carta a Palafox explicando los hechos (fechada el 3 de julio de 1808).
Allí intenta sea agregado a alguna compañía pero le hacen
esperar, mandándole pequeñas tareas, como vigilar la Calle del Agua,
otro día acudir al Puente de San José... El día 2 de julio
le mandan a la Puerta de Santa Engracia, donde un oficial de artillería
le hace subir a la torre para ver si podía divisar dónde estaba
el enemigo. Una bala hiere a un soldado gravemente y otra bala atraviesa el chaleco
de Pedro Plou y casi le da.
Hasta aquí llega por ahora la narración de este contrabandista
blesino, y no sabemos si posteriores investigaciones nos darán algún
dato. Por el momento ha merecido la pena saber de sus andanzas y del poco rigor
con que las circunstancias permitían organizar la defensa. No sabemos tampoco
si sobrevivió al primer sitio que empezaría en pocos días
y duraría un mes o incluso si sobrevivió a la guerra.
Los franceses pierden terreno
Por otro lado, el "paisanaje", que era como entonces se denominaba
al pueblo llano, se resistía en la medida de sus posibilidades
a colaborar con la administración Napoleónica. Aunque
las intenciones del Gobierno francés y sus más altas autoridades
eran de concordia y colaboración, el pueblo aragonés seguía
haciendo su guerra de resistencia, desobediencia, entorpecimiento, etc.
Y por otra parte, el ejército napoleónico, incluidos algunos
de sus jefes, cometía abusos que no contribuían a la concordia
deseada. Estos abusos eran tan constantes y generalizados que llegaron
a oídos de las más altas autoridades imperiales en Francia
y se conmino a Suchet para que tomase medidas, lo que trató de
llevar a cabo, pero con resultados escasos y a largo plazo.
Tal resistencia se puede comprobar en el hecho de que el gobierno efectivo
de las autoridades y administración francesa se recortaba conforme
avanzaba la guerra. Aunque el gobierno se considera implantado desde
la toma de Zaragoza hasta la huida de esta ciudad del ejercito francés,
el 9 de julio de 1813, fueron muchos los pueblos que siguieron obedeciendo
a las autoridades españolas exiliadas, dando cobijo a los guerrilleros
("brigantes" según los franceses). Y con el paso
del tiempo, se fueron sumando más y más pueblos que no dependían
de las autoridades de Zaragoza, aunque documentalmente es difícil
saber cuales fueron y qué ocurrió en los mismos.
En el excelente libro de divulgación de Roberto G. Bayod sobre
"El gobierno intruso de los Napoleón" aparece una relación
de algunos de los pueblos que no estaban bajo la dominación napoleónica
un año antes de que salieran de Zaragoza, y que obedecían
al Intendente borbónico de Calatayud. Entre ellos aparecen:
Segura, Maicas, Cortes, Plou, Josa, Huesa, Blesa, Moneva, Moyuela,
Plenas, Monforte, Anadón, Fonfría... También aparece
Muniesa, con el dato añadido de que la persona que se hacía
cargo de las órdenes recibidas era su Corregidor, llamado César.
Y también aparecen Rudilla y Piedrahíta, siendo en el primer
caso su Secretario, J. Jimeno y en el segundo caso su Escribano, Francisco
Marín, los contactos con la "nueva" administración.
A pesar de que la relación de pueblos es mucho más extensa,
abarcando desde Singra a Cosuenda y Cariñena, y desde Used a Muniesa
y Moyuela, no aparece en ella Loscos, El Villar, Azuara o alguno de los
pueblos próximos por el norte. Quizá se deba a una
simple omisión, pero tampoco puede descartarse, sin pruebas, que
formaran un pasillo donde la influencia francesa aún se hiciera
sentir.
Unas conclusiones
A lo largo de este artículo, se han visto
reflejadas diferentes actitudes de los habitantes de estas tierras.
De un mismo pueblo se recuerdan actos de enfrentamiento directo contra
tropas napoleónicas, de agasajamiento al invasor, de resistencia
pasiva al mismo, de lucha colaboracionista contra guerrilleros o bandoleros
molestos, de apoyo o anexión a bandas de guerrilleros... Y ello
no encierra contradicción ninguna, salvo que el lector vea todavía
aquella guerra (como todas las civiles que han acontecido en este ruinoso
país desde entonces) como un enfrentamiento simplón entre
dos bandos monocolores y considerando al pueblo un bloque monolítico
de una sola opinión.
La iglesia católica también jugó su mano en esta
guerra (como en todas las posteriores) instigando al pueblo, como nos recuerdan
el padre Boggiero, el sacerdote Santiago Sas o fray José de la
Consolación, llamando a la defensa de la religión católica.
Mas, cuando entraron las tropas francesas en la ciudad, se celebró
con solemnidades religiosas en el Pilar con presencia del Estado Mayor
francés. No fueron con sus propios cuerpos o sus cargos con
los que el estamento religioso taponó las brechas de las murallas
zaragozanas, sino que, tras haber levantado al pueblo, llegó a
un acuerdo razonable con estas tropas de su «majestad católica
José I». La nueva dinastía era católica,
como la Constitución impuesta de Bayona. El clero se opuso
a ellos por sus corrientes liberales, hijas de la Revolución Francesa,
que pugnaban contra las doctrinas tradicionales y el poder de las órdenes
religiosas, defendiendo más su status que la religión que
decían representar frente a los invasores(10).
Aprendamos para el futuro la lección que recibió Zaragoza: 40.000
muertos, enfermedades y hambres, una ciudad derruida, nuestro archivo
de la Corona destruido para siempre junto a tesoros artísticos
y arquitectónicos, luchando contra el ejército más
poderoso del momento, mientras otros pueblos veían pasar las tropas
camino de Madrid. Cuando se ha alcanzado una visión global
de la historia, se pueden reconocer las corrientes históricas que
pasarán por encima de los individuos, arrastrando tanto a aquellos
que se destacan en el loco enfrentamiento directo (como nuestro mudo),
como a los otros por su "eterna" fidelidad al poder recién
llegado. El destino final de Aragón no dependió de
sí mismo, y los pueblos que capearon el temporal fueron los que
supieron contemporizar.
F.Javier Lozano Allueva.
Agosto de 2000
El conocimiento de la leyenda de la peña del mudo fue posible
gracias a la investigación de Concha Lomba Serrano sobre
el pintor e ilustrador blesino Salvador Gisbert. También
debemos a Ángel Tomás del Río el avance
de sus investigaciones con las aventuras de Pedro Plou para alistarse,
a José Miguel Simón, colaborador de la revista
Oriche, que nos diera a conocer el excelente trabajo sobre la Guerra
de la Independencia, de Luis Sorando, base de la segunda
parte de este artículo, y a Gloria Fernández
por proporcionarnos el libro de "Historia de Muniesa".
- Luis Sorando Muzas, "Aragoneses al servicio
del Imperio", (2001) como parte de una gran obra de la Institución
Fernando el Católico titulada "Estudios sobre la Guerra de
la Independencia". También publicado en Internet (en cinco
partes) en members.es.tripod.de/gie1808a1814/colabora/soran1.html
- Roberto G. Bayod Pallarés. "El reino de Aragón
durante el «Gobierno intruso», de los Napoleón".
Colección Aragón, Librería General, 1979.
- Domingo Gascón y Guimbao. "La provincia de Teruel
en la Guerra de la Independencia", obra póstuma.
Madrid, 1908.
- Federico Andrés y Salvador Gisbert. "Leyendas y tradiciones
turolenses", Obra ilustrada con profusión de grabados,
originales de Sr. Gisbert y otros dibujantes. Biblioteca del Diario
de Teruel. Teruel, 1901 (Imprenta de Dionisio Zarzoso; calle de San
Juan, 24).
Herminio Lafoz Rabaza, "La Guerra de la Independencia
en Aragón. Del motín de Aranjuez a la capitulación
de Zaragoza", Institución Fernando el Católico,
1996.
- Manuel Guallar Pérez, "Historia de Muniesa (desde sus orígenes
hasta nuestros días)", Lérida, 1978.
"Estudios sobre la Guerra de la Independencia", Institución
Fernando el Católico, 2001.
Mn. Pedro Manl. de la Riva. "Noticia exacta de lo ocurrido en este pueblo
[Olalla] en la Ynjusta Ynvasión que hicieron los franceses en el año
de 1808, y siguientes, en esta monarquía española..." Revista
Xiloca, 5 (abril de 1990). Centro de Estudios del Xiloca.
1.- Existe una interesante página
en Internet sobre la Guerra de la Independencia, en la que se ofrecen
muchos datos. Algunos de ellos, aunque breves, se refieren a Blesa,
Huesa del Común, Plenas, Loscos, Moyuela, Muniesa y alguno más
de nuestros vecinos. Este tipo de detalles es de gran valor por lo
desconocido del tema y lo poco documentado que está, aparte del
olvido total de la memoria de las gentes, que no recuerdan anécdotas
ni detalles de estos lejanos hechos de hace casi 200 años.
El comienzo de esta completa página sobre
la Guerra de la Independencia lo podéis leer en:
members.es.tripod.de/gie1808a1814/index3r.html
2.- Gregorio García-Arista y Ribera (1866-1946).
Poeta, cuentista y dramaturgo natural de Tarazona. Su obra se incluye dentro
del costumbrismo regional tan propio del siglo XIX español. Destacan
de entre su obra títulos como Siempre heroica (1899), Cantos baturros
(1901), El olivar (1902) o Tierra aragonesa (1907). Fuente: Enciclopedia
Universal Multimedia.
3.- Los gastos de guerra, que se hicieron costear a los pueblos,
supusieron en muchos casos la ruina de los municipios, y con ello, la pobreza
de sus habitantes. No sólo fueron los franceses quienes presionaron
para recaudar los fondos con que mantener su ejército, sino también
las tropas españolas, incluso en mayor medida, aunque no apelando
a los mismos métodos.
Como muestra, reproducimos la información que recopiló
Emilio Benedicto sobre el caso de Luco de Jiloca que, al contrario que
nosotros, tiene la suerte de conservar su Archivo Municipal por el cual
saben que un 18 de julio de 1810 se presentó un destacamento francés
exigiendo el pago de 1.000 duros correspondientes a la contribución
anual. En los cuatro días de plazo, el Ayuntamiento sólo
pudo recaudar 483 duros. Los franceses detuvieron al segundo alcalde
y a un rico propietario y se los llevaron presos a Daroca, comunicando
que los fusilarían si no pagaban el resto. Al día siguiente,
los representantes de Luco entregaron al coronel de lanceros franceses
240 duros en oro (posiblemente recogidos entre joyas de vecinos y piezas
sagradas de la iglesia). Ante el juramento de que les era imposible
conseguir más, los franceses liberaron a los secuestrados.
El 14 de septiembre de 1812, los ejércitos españoles
liberaron Luco y Calamocha, con lo que terminó la guerra para ellos,
pero no las exigencias de los combatientes. Entre septiembre de 1812
y agosto de 1814, Luco llegó a suministrar víveres y dinero
por valor de 31.417 reales de vellón, lo que fue similar a lo exigido
por los franceses durante toda la ocupación.
El mantenimiento de estos ejércitos que vivían
del fruto del terreno conquistado sangrando a la población civil,
arruinó a muchos vecinos y dejó exhaustas las arcas municipales,
por lo que muchos municipios, vendieron parte de los bienes del Concejo,
o como en el caso de Luco, que repartió las tierras entre todos los
vecinos para que los beneficios de la venta y las tierras no fueran copados
por las elites locales.
[Emilio Benedicto Gimeno. «Los prados de
"Gascones" (Calamocha) y "Entrebasaguas" (Luco). Una aproximación
histórica al estudio de las acequias, de los procesos roturadores
y de la desamortización de los bienes comunales en la cuenca del
río Jiloca»; revista Xiloca, nº 17, 1996]
4.- Se denominó así a los funcionarios
o a todos aquellos españoles que obedecieron las órdenes,
es decir, "juraron fidelidad", a las autoridades francesas durante el reinado
de José I Bonaparte en España (1808-1813), si bien el término
no era equivalente a "afrancesado", que tenía sentido de colaborador
con las ideas y reformas francesas, actitud adoptada normalmente por ilustrados.
Fuente: Enciclopedia Universal de Micronet
5.- Un ejemplo suficientemente revelador de este hecho,
lo tenemos en el siguiente decreto, dado por las Cortes de Cádiz,
el 26 de septiembre de 1812:
«Las Cortes Generales
y Extraordinarias, considerando que no deben existir testimonios que transmitan
a la posteridad la abominable conducta de los españoles desnaturalizados,
que han tenido la osadía de tomar las armas y organizarse en cuerpo
para pelear contra la madre patria, han resuelto: Que la Regencia disponga
se quemen públicamente las banderas del Regimiento nº 1 de
Juramentados, que sirve bajo las ordenes del Rey intruso, remitidas por
el Duque de Ciudad Rodrigo; e igualmente que S.A. le manifieste el aprecio
que le merecen sus heroicos servicios y sus demostraciones en favor de
la nación española, y la justa indignación con que
ha visto que algunos malos hijos han tenido la osadía de hacer armas
contra su valiente y victorioso ejercito».
6.- Según el artículo 2 del "DECRETO DE
CREACIÓN DE GUARDIAS CÍVICAS EN 34 LOCALIDADES ARAGONESAS"
firmado por el Mariscal Suchet, (Archivo Municipal de Zaragoza, libro de
Actas 1811, fol. 162-164.), estas Guardias deberán formarse de los
vecinos más honrados y más esforzados que haya en el pueblo,
a quienes deberá hacerse la distribución de las Armas, siendo
estos así que el Alcalde responsables de ellas y de su buen uso.
7.- Este guerrillero había sido nombrado por la
Junta Superior de Aragón comandante de partida de guerrilla de todo
el reino. Se llamaba Manuel Alegre y murió el 8 de junio de
1811 en el ataque a Sijena (Huesca). Su cadáver fue enterrado
en la iglesia de dicha localidad.
En cuanto a sus acciones por Teruel, en 1810, sabemos
que el Mariscal Suchet se quejaba vivamente de que: en Calanda había
sido admitido en su recinto; que los regidores de Albalate, supuestamente
afrancesados, habían tolerado que este bandido (así
lo denominaba la administración francesa), desde la puerta de la
villa, hubiera dictado la ley a todo el vecindario, y de que ambas villas
hubieran engrosado con sus mozos la cuadrilla de ladrones del dicho
Cantarero.
Es probable que las acciones de este guerrillero alcanzasen
nuestra comarca o que participasen jóvenes locales en su partida,
pero tal hecho no tiene por el momento base documental.
8.- La prensa particular dejó de existir con la
toma de la ciudad, siendo suprimida por las autoridades francesas (tan
liberales para otros temas). Decidieron crear una nueva publicación
titulada Gaceta Nacional de Zaragoza, que se haría eco de sus bienintencionados
decretos, órdenes y proclamas. Tenía esta gaceta tres partes,
política, literaria y mercantil. Se quería ilustrar
al pueblo en toda su extensión, pero tan apenas hubo ninguna suscripción,
por lo que las autoridades francesas obligaron a suscribir uno o más
ejemplares en función de la población de cada municipio.
Además, se dictó que una vez leído el ejemplar por
el alcalde debía hacerlo circular entre la intelectualidad del municipio.
9.- Las justicias hace referencia a las autoridades
municipales, cuya función primordial era atender causas judiciales
tanto civiles como criminales, sin descartarse ocasionales funciones de
índole política junto a los concejos. El cargo era anual. -
Gran Enciclopedia Aragonesa, 2000.
10.- Tanto Santiago
Sas como el padre Boggiero sobrevivieron a la tremenda debacle de los
sitios. Las autoridades francesas los mataron tras la toma de
ciudad, arrojándolos al Ebro desde el Puente de Piedra, donde
hay una lápida conmemorativa.
La resistencia contra los ejércitos franceses se
promovió en muchas ocasiones desde conventos y monasterios, por
lo que eran destruidos y donde se cometían abusos y sacrilegios,
lo que daba lugar a nuevas resistencias y proclamas en favor de la religión
por parte del clero y el pueblo. El mismo Suchet, un hombre religioso,
estaba obligado a cumplimentar las disposiciones de José I sobre
la supresión de los conventos.
Última actualización: 25 de agosto de
2004
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