| BLESA, 25 de
marzo
La protesta satánica
La Santa Misión toca a su fin. Nos encontramos en el último
de los doce pueblos que nuestro Superior nos designara para predicar en
ellos la doctrina de Jesucristo. Los días han ido sucediéndose
más rápidamente de lo que creíamos; las dificultades,
que han sido muy pocas, se han vencido. Hemos subido elevados montes,
descendido por peligrosas vertientes, cruzado alguna vega y muchas tierras
sin vegetación; hemos anunciado en todos los pueblos la Misión,
acudiendo las autoridades y muchísimos fieles a oírles.
Hasta ahora toda ha sucedido a medida de nuestro deseo. Al principio
el M. I. Sr. Gobernador Eclesiástico nos alentó aprobando
nuestros trabajos; después el Excelentísimo Sr. Arzobispo
nos confortó bendiciendo nuestras tareas apostólicas. Los
pueblos, respondiendo en masa a nuestro llamamiento, nos ocupaban muchísimas
horas en el confesionario, los niños nos recibían radiantes
de gozo en sus escuelas. Todo iba muy bien: la protección sobre
nosotros de la Santísima Virgen del Pilar a quien continuamente
invocamos y en cuyo obsequio se han dado muchos y muy entusiastas vivas,
era patente y clara, pues nuestra salud es cada día más
completa, y ni el trabajo nos rinde, ni el poco dormir nos arredra.
Algo le faltaba a nuestra Misión para que fuese grande,
la persecución. La grandeza del hombre se mide por sus
enemigos, y para nosotros todo han sido facilidades, cariñosos
saludos, entusiastas recibimientos, calurosos vivas, grandiosas procesiones
y tiernas despedidas. Nunca podremos pagar a los pueblos misionados las
múltiples atenciones de que hemos sido objeto las cordiales manifestaciones
de afecto que hemos recibido, las abundantes lágrimas que hemos
visto derramar para manifestar el sentimiento por nuestra separación
y las reiteradas instancias para que prolongásemos nuestra estancia.
Les hemos prometido nuestro perdurable cariño y que tengan todos
la seguridad de que guardamos siempre en nuestro corazón el grato
recuerdo de nuestra santa visita.
La persecución que faltaba a nuestra Misión, llegó,
y vino la protesta satánica en figura de tres cartas,
llenas de insultos groseros y blasfemias horribles; el demonio no habrá
visto bien que hayamos predicado tarde y mañana, le habrá
dolido el soltar las presas, habrá sentido el que hayamos confesado
tantos, los vivas a la Religión, a la Virgen del Pilar, de Arcos,
del Cantal y de la Aliaga, al Papa, al señor Arzobispo, a la Santa
Misión, etc.; le habrá puesto de mal humor y sobre todo
la grandiosa y solemne fiesta a la Virgen de la Aliaga en su veneranda
ermita, a la que concurrieron cinco pueblos. Debió desconcertarle
por completo y no me extraña que propusiera vengarse, y en verdad,
que no en la tierra sino en el infierno, debieron escribirse,
o por lo menos inspirarse tales escritos, que debieron salir y quizá
en fecha lejana, en El País, El Motín, o Las Dominicales,
pues se nos acusaba de llevar hebillas de oro y se abogaba por el Cristo
revolucionario de Judea y se negaba la trinidad de personas en Dios, aparte
de un sin fin de insultos, blasfemias y herejías.
Dios permitió esta protesta satánica y la permitió
para mayor bien. Pues desde el momento en que el católico
vecindario de Blesa (pues allí los anticlericales son
una insignificante minoría) tuvo noticia de las cartas, protestó
virilmente, se organizó solemne procesión, aprovechando
la oportunidad de ser hoy día festivo y haberse establecido
las Hijas de María, y todos ya en casa, ya en la Iglesia,
nos han expresado su pesar por lo ocurrido.
Nosotros los Misioneros alabemos y bendecimos a Dios, y ahora mejor
que antes creemos que hemos hecho algo de provecho. Perdonamos de todo
corazón a los ciegos que se dejaron llevar de las perversas inspiraciones
de Satanás y agradecemos sinceramente las manifestaciones de simpatía
hoy recibidas y para todos imploramos la misericordia de nuestra Santísima
Madre la Virgen del Pilar.
Cipriano Pérez
|

La primera vez que lo lei parecía que describía una situación
y un mundo irreal, una exageración de una película. Pero
se trata de una crónica histórica, aunque muy sesgada. Sin
ánimo de ofender a nadie (pues toda opinión merece un respeto),
vamos a comentar esta situación de forma entre humorística
y reflexiva, ya que nos parece que algunas actitudes de las reflejadas
son poco loables por parte del cronista.
Esas tres cartas ¿eran enviadas por Dios para que Cipriano reflexionase
sobre sus métodos de adoctrinamiento o meditase sobre la Trinidad
epistolar? No, no podía ser; debían de ser obras de otro
ser, gigantesco, poderoso. ¡Según él, el mismísimo
Satán era el inspirador! Sólo Él podía estar
a la altura del ego del misionero. ¡Qué presentuosa nos parece
esta persona y su lenguaje! No acepta que se le oponga un simple humano
con sus argumentaciones, que lamentablemente no conocemos. Pero es que
en el encuentro de Satán contra él... ¡El misionero
gana! ¡Hala! Y se despide perdonando a los ciegos equivocados. Es
una lástima que muy a menudo creamos que éstos son los demás.
Casi parece que Cipriano, por la prueba de persecución a que lo
sometió Satán en el desierto (de Blesa :), se merecía
más. Quizás desearía que le hubiesen maltratado para
alcanzar la santidad tras la santa misión de critianizar a los
blesinos. ¡Viva todo!
El lenguaje de Cipriano casi nos movería a risa, si no fuera porque
durante siglos manifestaciones con estos contenidos y expresados con este
lenguaje serían predicados habitualmente para desacreditar a los
adversarios de la Iglesia o movilizar a los aldeanos en las guerras desde
el púlpito. Esperemos que todos hayamos aprendido de los pasados
errores y que seamos más coherentes con la Fe, fuera ésta
religiosa, o basada en otros valores humanos o políticos. |