P. Además de catedrático posees otras cargos
¿no es cierto?
R. También soy Director del Grupo de Investigación de
excelencia “Hiberus” del Gobierno de Aragón.
P. Tienes numerosas publicaciones ¿Cuántas, Paco?
R. En torno a 180, de ellas una decena de libros.
P. Sabes los “términos” del pueblo mejor
que los que vivimos aquí. ¿A qué es debido esto?
R. Desde pequeño me encantaba acompañar a mi abuelo Alejandro.
Con él fui muchas veces al Morenillo, Romanor, Las Hoces (donde
tenía nogueras; a mí me gustan mucho las nueces verdes
con sal), Valdoria... He estado por los cinco continentes, pero, como
he dicho alguna vez (por ejemplo, en el pregón festivo de hace
ya bastantes años), uno de los días más excitantes
de mi vida fue cuando fuimos con el burro que tenía mi abuelo
de excursión por la Sierra de Cucalón (Rudilla, Fonfría,
Baños de Segura, Huesa…). La visión desde lejos
de esos montes me fascinaba. Estuvimos de marcha 26 horas seguidas (yo
con 11 años, mi abuelo con casi 80), llegando a las 5 de la madrugada
calados hasta los huesos, ante la desesperación de la familia,
que nos increpó cuando creíamos que nos iban a recibir
como héroes.
Uno de mis recuerdos infantiles más antiguos (junto al primer
día de clase en las Escuelas de la Plaza Vieja) es el aprendizaje
–creo que con mi prima Agustina- de las provincias de España
en un campo que todavía tenemos en el Corral Blanco, por donde
pasamos este año camino de La Virgen de la Aliaga (por cierto,
¡qué bien sigue cantando la gente de Blesa!; esas voces
me recordaron las que cantaban magníficamente la misa en latín
el día de Sta. Ana). Y luego también fui con mi abuelo
muchas veces a segar espliego; me encantaba. ¿Te acuerdas de
la gran caldera junto al río en la que extraían la esencia
de lavanda?
Pero mi primera gran aventura fue un día que me llevaron mis
padres a segar a un campo de Cañamarín, en las proximidades
del Molino de El Vado. Tendría seguramente 4 años. Sin
que se dieran cuenta, me aventuré a dar una pequeña vuelta,
y me perdí intentando volver a dicho campo. Al final, no sé
cómo, conseguí volver a Blesa siguiendo los balsetes que
habíamos pasado a la ida, llorando y exhausto. Yo creo que aquí
están las claves de mi pasión por la geografía,
los viajes o el cine del Oeste: los espacios abiertos de los escenarios
primordiales de Blesa.
P. Paco, en su niñez y adolescencia, venía al
pueblo a pasar largas temporadas durante el verano a casa de sus tíos,
Mariano y Victoria (los padres de Miguelita) y les ayudaba en las tareas
de la siega y la trilla. Cuenta a los jóvenes cómo nos
lo pasábamos y la piscina donde nos íbamos a nadar.
R. Recuerdo muchísimo aquellos veranos, era fascinante visto
con la perspectiva actual. Recuerdo las jornadas en la era de Valdevidales,
que estaba debajo de la vuestra y al lado de la de mi primo Emilio Castro,
girando sobre el trillo y oyendo las canciones de todo el mundo mientras
trabajaba. Tengo la sensación de que entonces la gente cantaba
mucho más que ahora, a pesar del duro trabajo y las ocasionales
privaciones. Me encantaba también encontornar.
Quizás sea conveniente recordar algo para los más jóvenes.
Parábamos a las 12 de la mañana, nos bajábamos
a comer e, inmediatamente, íbamos a pleno sol a bañarnos
a la “piscina”, que no era otra que los pozos de la antigua
fábrica de El Val (o la Val). Lo malo es que había que
volver rápidamente, para reanudar la trilla en la era sobre las
3 de la tarde, con más calor todavía que antes. Claro
que el frescor de la zambullida nos hacía repetir cada día
la excursión.
P. Paco, recuerdo aquellos calurosos días de verano cuando
nos íbamos a las arboledas del río y tu nos hablabas de
los Beatles y de los Rolling Stones, que en el pueblo no eran muy conocidos.
Hablábamos de los rusos y de los americanos (años de guerra
fría) y de otras cosas mientras cogíamos cangrejos. ¿Qué
sofisticadas técnicas utilizábamos para atraparlos y para
transportarlos?
R. Sí, me acuerdo muy bien de aquellas conversaciones. Creo que
uno de los mayores privilegios que he tenido ha sido haber podido vivir
los últimos tiempos de nuestra sociedad tradicional, con el ritmo
de sus trabajos estacionales y sus fiestas, sobre todo en verano; aunque
también recuerdo el ir a plantar cebollino a Ragudín o,
más vagamente, las sesiones colectivas en las que se “esbrinaba”
el azafrán; hacia mucho frío entonces.
Uno de los mayores placeres era, además de los baños en
el pocico “Torres” o el de la “Lastra” o el
de “La Culebra”, la pesca del cangrejo, en el “Merineta”
(Marineta) o por la Malvasía. Creo que usábamos artilugios
diversos, como un ladrillo o la caza con tenedor (no recuerdo si alguna
técnica especial más, como el retel), y luego ensartábamos
a los cangrejos en juncos, antes de cocinarlos. Eran deliciosos. Ahora
todo eso ha desaparecido, y los cangrejos americanos con los que han
repoblado algunos ríos no pueden compararse.
Pero, como dices, aquellos eran años en los que estaba también
surgiendo una nueva cultura musical. Yo estaba maravillado con los Beatles
o los Rolling Stones, y cada disco nuevo era un descubrimiento que ampliaba
el espacio de mi imaginación. Eran también los años
de la “guerra fría”, y recuerdo que comentábamos
hechos como el derribo por los rusos del avión espía U-2
(supongo que el famoso grupo de rock irlandés tomó su
nombre de él).
P. Tu amor por la familia ha sido una constante, ¿piensas
que los valores de familia tradicionales que teníamos en los
pueblos se han perdido?
R. En parte, sí. Creo que ha sido una evolución inseparable
de la de la sociedad en general. El desarrollo económico, el
enorme éxodo rural, el desarraigo de individuos y de grupos han
tenido repercusiones muy grandes en las relaciones sociales, y no siempre
para bien. Se ha perdido mucho sentido de la solidaridad y de la comunicación
entre vecinos, se ha reducido el papel de la familia de tres generaciones.
Yo diría que ha disminuido el trato entre los miembros de la
familia, en parte por el éxodo y la necesidad de buscar en otros
sitios los medios de vida.
P. Todos los años, una vez o dos, sigues volviendo a
Blesa, ¿Qué te impulsa, por qué la tienes siempre
en el corazón?
R. Los romanos decían que tenían dos patrias: una era
el lugar en que se nacía, por pequeño que fuera, y la
otra era la patria universal, por así decir, del estado romano.
Por ejemplo, el poeta Marcial siempre recordaba con cariño su
Bilbilis natal (la actual Calatayud). Mi paisaje primario y esencial,
podríamos decir que “mítico” en el pleno sentido
del término, siempre ha sido Blesa. Es mi ombligo del mundo,
sin duda. Por eso intento volver siempre que puedo. Mi personalidad
está definida en lo sustancial por mi infancia blesina, y aquí
reposan, pero también viven, o vuelven para el verano, personas
muy queridas para mí.

P. Según tus propias palabras te gusta ir ligero de equipaje,
como nos dijo Antonio Machado. ¿Crees que así puedes contemplar
mejor el devenir de las cosas?
R. Sí. Hay un proverbio indio que dice: “La vida es un
puente. Crúzalo, pero no construyas una casa encima”. Siempre
me ha gustado ver lo que hay al otro lado de la colina, y esa percepción
siempre es más fácil si vas ligero de equipaje.
P. ¿Cómo ves como historiador la sociedad actual
y la aragonesa en particular? ¿Te parece que los valores actuales
son los que prevalecen sobre otros?
R. Vivimos tiempos de crisis profunda, en el sentido de una transformación
de los valores que no hubiéramos podido intuir hace tan sólo
unos años. Me parece que ahora las cosas son mucho más
impredecibles que antes. Hoy vivimos tiempos de relativismo cultural,
probablemente excesivo. La emigración, necesaria por la carencia
de mano de obra -España tenía la tasa de natalidad más
baja del mundo-, nos concede oportunidades que hemos de saber aprovechar,
pero también plantea unos retos y problemas enormes. En todo
caso, a mí me gustaría que no se perdieran -o, por lo
menos, no demasiado- esos valores entrañables que siguen aglutinándonos
como blesinos.
P. Háblanos del premio reciente que te han concedido.
¿Podrías contarnos algo de tus actividades actuales relacionadas
con la Historia?
R. Se trata del “Premio Europa”, que concede anualmente
la Prehistoric Society de Londres a un investigador internacional. Supongo
que la distinción se debió a mis trabajos sobre los celtas,
y con tal motivo di una conferencia en mayo en la capital británica,
que saldrá publicada en los próximos meses. Desde hace
bastantes años, además de mis clases en la Facultad de
Filosofía y Letras, investigo cuestiones relacionadas con las
religiones y los contactos culturales en el mundo antiguo, especialmente
en época romana -temas que, dicho sea de paso, presentan muchas
conexiones con la situación actual-. Participo en diversos proyectos
nacionales e internacionales, alguno de ellos –como el estudio
del importante santuario celtibérico de Peñalba de Villastar,
en las cercanías de Teruel- con Paco Beltrán -blesino
de adopción a través de Concha Lomba-.
P. ¿En el futuro podría haber algún trabajo
tuyo relacionado con Blesa?
R. ¿Por qué no? Me encantaría. Hace unos años
colaboré con Antonio Beltrán en una “Historia de
Alcaine”, y en alguna ocasión hablamos con Conchita de
la posibilidad de hacer algo en relación con nuestro pueblo.
Por cierto, existe un nombre “Blesa” antiguo idéntico
al nuestro que ha perdurado en una localidad alemana llamada Blies.
Ese nombre es claramente céltico, y eso nos puede dar datos sobre
el origen onomástico de nuestro pueblo. Es algo que he de comprobar.
P. ¿Te parece que la Asociación Cultural “El
Hocino” esta desarrollando una buena labor?
R. Creo que está haciendo una gran labor, y que es un ejemplo
de cómo el entusiasmo de unas pocas personas y el amor hacia
su “pequeña patria” puede tener resultados estupendos.
Lo prueba el altísimo número de socios y lectores de la
revista (prácticamente todos los blesinos), y el éxito
es un buen espejo en el que otras revistas y asociaciones pueden mirarse.
El libro de fotografías de las gentes, de los trabajos y las
fiestas de Blesa es no sólo emocionante, sino muy importante,
y creo que deberíamos intentar editar un segundo volumen en el
que, esta vez sí, prometo colaborar enviando algunas fotos familiares.
La Asociación está haciendo grandes cosas, desde la restauración
de pilones emblemáticos de nuestro paisaje tradicional, a la
repoblación de árboles, y también el Ayuntamiento
con la apertura del Museo de la Carpintería. Y la jornada del
pasado verano con la inauguración de la ruta del Hocino fue verdaderamente
memorable, una auténtica fiesta. Pero, por encima de todo, creo
que la Asociación está haciendo un trabajo esencial para
la integración de las gentes originarias de Blesa y para el mantenimiento
de una orgullosa identidad común.
P. ¿Algo que nos quieras contar?
R. Puedo asegurarte que pocas veces he sido más feliz que cuando
vagábamos por el río llenos de ansiedad esperando la llegada
del coche viajero que traía a los músicos la víspera
de Santiago, con Felipe el trompetista a la cabeza. ¿Recuerdas
la huella de la trompeta en sus labios? Luego los acompañábamos
durante el pasacalle… Era la inmersión feliz en otro tiempo
distinto, el tiempo de la fiesta, cuya plenitud creo que hemos perdido
con tanta oferta y consumo.