La flora de Blesa
El panorama vegetal
El ecosistema ibérico
Los bosques originales y el monte bajo
Los pinares
El entorno fluvial
Apuntes históricos
Los montes y la explotación
forestal
Las industrias tradicionales
y el uso de los montes
Nuestros árboles
Arbustos y hierbas
l término
municipal de Blesa y sus alrededores aparece, desde el punto de vista de
la vida vegetal, como un lugar de poco interés. La actividad
humana y el clima han hecho crónica la deforestación.
Pero, reconocida la triste realidad, si analizamos nuestro entorno y caminamos
por estas tierras, podremos observar y valorar el hábitat existente
(si lo conocemos), con sus plantas y hongos característicos, aunque
sólo se conserve un pequeño remedo del pasado lejano.
El panorama vegetal
El ecosistema ibérico
La actual cubierta vegetal de nuestra comarca es bastante
uniforme, producto de la intensa acción humana a lo largo de su poblamiento,
y es bastante diferente de la original. El bosque tradicional ha proporcionado
carbón y leña como combustible o madera para fabricar herramientas;
los cultivos y pastos se extendieron ganándole tierras al arbolado
y las huertas a los sotos. Y, además de estas acciones más
o menos justificables, estas tierras han pasado por incendios, guerras y repoblaciones
que han conformado el paisaje hoy existente. La acción humana
ha condicionado la vegetación existente con un papel tan importante
como lo puedan tener el clima y el suelo; y todo esto a pesar de que las leyes
casi siempre tuvieron presente que los bosques eran un bien a conservar, como
nos muestran las ordenanzas de la antigua Comunidad
de aldeas de Daroca.
La vegetación arbórea en las sierras cercanas (Cucalón,
Oriche, Modorra, Herrera), está condicionada por el clima típico
mediterráneo, con precipitaciones escasas y heladas frecuentes en
primavera. Su árbol más característico es la encina. |
Tomillo
(Thymus praecox)
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Blesa y las tierras cercanas, (a partir de ahora se entiende que cuando
hablo de Blesa considero incluidos los municipios limítrofes), participan
de este perfil climático y se encuentran en su mayoría a
una altura de entre 700 y 1000 m.
En la actualidad podemos destacar en nuestra comarca y las vecinas las
siguientes formaciones vegetales:
- Sabinares
- Encinares
- Quejigales
- Marojales
- Pinares de repoblación
- Sotos ribereños
- Arbustos y herbáceas
Ni la extensión ni el pequeño contraste de alturas de nuestro
término permiten tantas diferenciaciones. Nuestra vegetación
es la típicamente mediterránea y en nuestras inmediaciones
sólo podemos hablar de los siguientes entornos:
- Monte bajo
- Entorno fluvial
- Pinar
Los bosques originales y el monte bajo
Los bosques de carrascas han desaparecido en gran
medida y de forma prácticamente total en nuestro término
municipal. Cuando las formaciones boscosas de encina se deterioran
debido a incendios o aclareos, su solar lo vienen a colonizar herbáceas
y arbustos (monte bajo).
Este sotobosque que ha sustituido a los bosques degradados, lo
forman herbáceas y arbustos que cubren muchas de las laderas no
utilizadas por la agricultura, y las especies establecidas dependen de
la naturaleza del suelo. En nuestro término, donde predominan
suelos calizos y básicos, aparecen con más frecuencia aliagas
(Genista scorpius), tomillo (Thymus vulgaris), y salvia
(Salvia lavandulifolia), y al estar enclavados en una zona bastante cálida,
también romero (Rosmarinus officinalis) y espliego o lavandas
(Lavandula latifolia)(1).
Los pinares
Los existentes en la zona no son autóctonos,
pues la vegetación arbórea natural es de frondosas(2)
mediterráneas y sabinas. Por lo tanto, todos proceden de repoblaciones,
y no siempre realizadas con criterios ecológicos. La página sobre
las tierras
del Jiloca y Gallocanta, nos apunta que "algunas [repoblaciones fueron]
realizadas sobre zonas desprovistas de vegetación y con graves problemas
de erosión, en las que se ha logrado reducir la pérdida de
suelo, por lo que podemos considerarlas beneficiosas. En otros casos, los
pinares han sido plantados en zonas ocupadas por otras especies autóctonas,
que han sido eliminadas para, posteriormente, hacer terrazas en el terreno
e introducir los pinos, provocando así una importante degradación
en los ecosistemas forestales".
El entorno fluvial
La vegetación ribereña la componen
principalmente árboles como los chopos (Populus nigra), álamos
(Populus canescens), sargas negras (Salix atrocinerea) y, más
esporádicamente, sauces blancos (Salix alba) y fresnos (Fraxinus
angustifolia); o arbustos como la sarga o sargatillo (Salix eleagnos
sbsp. angustifolia) y los juncos (Juncus spp.).
Los sotos han sido intensamente explotados por el hombre porque
su arbolado crece rápidamente. La aparente naturalidad de nuestras
arboledas es engañosa, ya que el paisaje de nuestras riberas está
marcado por la secular acción humana. No obstante, en el pasado,
el chopo que se explotaba era el álamo negro (Populus nigra),
que era remoldado o descabezado periódicamente para utilizar
sus largos vástagos como vigas. Por esta causa son tan comunes
los chopos cabeceros en las vegas de la comarca, muchos de ellos centenarios.
También los olmos (Ulmus minor) eran comunes en
algunos de nuestros sotos o flanqueaban caminos y carreteras, pero hace
ya unas décadas que la acción devastadora de la grafiosis,
una grave enfermedad producida por un hongo, mató a muchos y se
puede decir que está prácticamente extinguido y sólo
pueden observarse pequeños brotes en pocos lugares. Víctor
Poblador nos apuntaba el dato de que algunos de los de Blesa murieron por
el abandono de acequias a cuyos pies crecían y que cuando los cortaron
estaban bastante sanos. Hoy por hoy, sólo podemos contemplar
los tristes esqueletos de estos hermosos árboles.
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Apuntes históricos
Los montes y la explotación forestal
Tras la agricultura y la ganadería, la actividad
forestal era el complemento económico de muchas personas.
Los montes eran la fuente de la leña, el carbón, la madera
y bellotas para los vecinos. Y para los ayuntamientos fueron una
importante fuente de ingresos ya que tradicionalmente eran de propiedad
comunal, aunque a veces, los compartieron varios pueblos contiguos.
Durante siglos, quizá hasta mediado el XIX, en cada pueblo se
procedía anualmente al reparto entre los vecinos de una porción
de monte, para cubrir las necesidades de una familia. Algunos concejos
y ayuntamientos, se vieron obligados, en ocasiones, a vender la leña
de sus montes para pagar sus deudas. Este panorama que he dibujado
fue cierto al menos para los pueblos cuyos montes no eran de un señor,
(al ser de realengo), como los de la antigua Comunidad
de Daroca y cuyos montes pertenecían al municipio. Tras
las desamortizaciones muchos montes comunales pasaron a manos privadas. |
Pino Carrasco
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En Blesa, en el pasado reciente, no se repartían los montes ya
que no existían bosques ni leña abundante para explotar en
aquellas antiguas condiciones. En nuestro pueblo los campos eran
privados, pero los "cabezos" eran del pueblo. A estos cabezos acudía
quien quisiera para recoger leña, formando fajos de aliagas.
En los años 50 se podían ganar unos seis duros recogiendo
ocho fajos de leña de aliaga (media carga) para venderlos a alguno
de los varios hornos de pan. El pasto que crece en los montes comunales
también era de libre acceso para los ganados del pueblo, pero no
así el restojo o rastrojo de los campos segados, que pertenecía
al dueño del mismo.
Pero aunque los montes y sus frutos fueran de todos, la presión
demográfica siempre obligó a roturar más porciones
de montes para dedicarlos al cultivo. En el Archivo Histórico
Provincial de Zaragoza se conserva un Real Acuerdo, en el que con fecha
de 11 de noviembre de 1736, la Real Audiencia de Zaragoza accedía
a que se pusiese en cultivo parte de sus montes(3).
Históricamente la recogida de bellotas también estaba
sometida a reglamentación, y en los pueblos donde abundaba, se anunciaba
públicamente a partir de qué fecha se podían recolectar.
En caso de necesidad, los pueblos podían vender las bellotas de
sus montes tras la oportuna licencia. Por otro lado, todos los habitantes
de la antigua comunidad podían participar en la recolección
de bellotas de cualquier pueblo. Más recientemente (mediado
el siglo XX), los blesinos iban a buscar bellotas a los montes de Rudilla
y Mezquita para dar de comer a sus animales de engorde.
La esencia de espliego
Otra actividad económica, puntual en el
tiempo, pero no despreciable, era la obtención de esencia de espliego
para su venta.
Cuando llegaba el tiempo, se abrían los plazos para llevar las
cargas de espliego al encargado de las calderas. Los lugareños
recogían grandes cantidades de esta planta. En un proceso
costoso, más técnico de lo que a primera vista pudiera parecer,
se cocían las plantas y se obtenía por destilación
un aceite con la esencia junto con agua, que se separaba por decantación.
Este proceso se realizó en Blesa en las cercanas choperas de la
Salmuerra, y posteriormente, debido a la escasez de agua para refrigerar
el serpentín se trasladó a la partida de Aliendres.
La materia prima era comprada por intermediarios y solía terminar
en la industrial Cataluña.
El chopo cabecero
Otro aprovechamiento forestal era la obtención
de los maderos a partir de las poderosas y rectas ramas de los chopos.
El álamo negro (Populus nigra) crece bien en las riberas
de nuestros ríos y está muy bien adaptado al régimen
climático y fluvial, además de resistir bien el ataque de
muchos insectos y pájaros que sí afectan a otros álamos.
Por muy característicos del paisaje que nos parezcan, su casi
exclusividad se debe posiblemente a la intervención humana.
El árbol denominado chopo cabecero no es un chopo diferente,
sino que debe su formación a la explotación humana.
Este árbol de tronco grueso, robusto y con grandes oquedades
sostiene esbeltas ramas que crecen bastante rectas hasta alcanzar entre
ocho y doce metros. Estas son los maderos con que está construida
la estructura de las viejas casas y pajares de Blesa así como los
pueblos de esta zona. Para formar un chopo cabecero se planta un
chopo, que al alcanzar el grosor de un buen madero, se corta a unos cuatro
metros de altura. Este descabezado se realiza en una luna menguante
del invierno para proteger al árbol de la carcoma. En primavera
rebrotarán de las yemas axiales muchas ramitas que al invierno siguiente
se cortan dejando dos o tres de las principales y bien situadas para un
desarrollo equilibrado del peso. Cuando este árbol tenga entre
10 y 15 años poseerá unos buenos maderos (ramas principales),
que también se deben cortar en el menguante de enero para que tengan
una larga duración.
Los maderos se cortan al ras de la cabeza del árbol, de la que
volverán a nacer nuevas ramas en las zonas periféricas.
La misma cabeza aguanta un mínimo de tres o cuatro "descabezaduras"
a lo largo de su vida, y a medida que aumenta su grosor podrá soportar
un mayor número de maderos, pudiendo pasar de media docena.
Dependiendo del grosor de la rama se obtenían (de mayor a menor):
un puente o solera, un madero, una punta de madero o una tranca.
También se utilizaba ocasionalmente como forraje la "chopina" o
ramas secundarias, además de aprovechar como leña todas aquellas
ramas no aptas para la construcción.
Para que el chopo viva muchos años hay que cuidarlo y evitar
la putrefacción del tronco, que comienza por las oquedades que se
forman en el centro del mismo al crecer las ramas en la periferia.
Las oquedades debilitan la fortaleza del tronco, que se puede desgajar
debido al peso de los maderos y a algún vendaval. Si el chopo
no se descabeza periódicamente, también puede morir prematuramente,
porque los maderos comienzan a secarse por la punta y van degenerando,
haciéndolos vulnerables al viento, la putrefacción y los insectos.
La labor de descabezar un chopo era muy peligrosa, por lo que había
quien se especializaba en ella. El último de nuestro pueblo,
y posiblemente de la zona circundante, es el blesino José María Burillo Lou.
Pero, al dejar de utilizar sus troncos en favor de las vigas de hormigón,
el peligroso descabezado se ha dejado de realizar, y ya no se justifica
para obtener sólo la leña, poniendo en peligro a muchos de
ellos. Su alto valor como nicho ecológico, de fortalecimiento
de las orillas, además del indispensable y bello perfil que hace
reconocibles y frescos nuestros ríos es más que suficiente
para que nos interesemos por su futuro.
Las industrias tradicionales y el uso de los montes
Al ser la fuerza hidráulica y la combustión
las únicas fuentes de energía disponibles, aparte de la animal
y la del viento (esta última, bastante incontrolable, no se utilizaba
en nuestro pueblo), los vecinos aprovecharon ríos, saltos de agua
y los extensos montes de la comunidad para sus actividades. En el
caso que nos ocupa, podemos encontrar muchas referencias históricas
a la tradicional explotación de los montes. La fabricación
de carbón vegetal y venta de leña, como industria
de subsistencia de un gran porcentaje de habitantes de la antigua Comunidad
de Daroca, era una de las labores que más influía en la destrucción de los montes.
Paralelamente, la abundancia de canteras de roca caliza y de yeso (algez)
permitió a vecinos, normalmente de estratos humildes, sin propiedad
agraria suficiente, utilizar estas materias primas para fabricar cal
y yeso, en pequeños hornos conocidos como "caleras" y "hortenses".
Esto era posible porque durante muchos siglos cualquier vecino de la Comunidad
de Daroca (a la que pertenecíamos) tenía derecho a "sacar"
piedra de cualquier cantera de la Comunidad. Pero todas estas actividades,
como otras muchas de las industriales ligadas a las labores agrícolas
(hornos de pan cocer, herrerías, alfares) requerían del uso
de leña o carbón, que además, era el combustible que
calentaba a las familias durante las noches de invierno y les permitía
cocinar. A los alfares, a los que se atribuía el uso de leña
gruesa y el deterioro y ruina de los montes a pesar de la reglamentación,
sólo se les autorizaba a usar leña de aliaga.
En los tiempos en que estuvimos inscritos en la Comunidad de Daroca
(siglos XVI a comienzos del XIX) existieron reglamentaciones comunes a
un centenar de pueblos de las actuales provincias de Teruel y Zaragoza.
Por ejemplo, hacer leña sin licencia de los Asistentes estaba fuertemente
penado, aunque la sanción distinguía si se hacía "mal
corte" o "buen corte", siendo el primero el que afectaba a los pies de
la carrasca o rebollo o los brazos que parten de la cruz del árbol.
Las Ordenanzas de la Comunidad insistieron mucho, durante siglos, en
las prohibiciones, sanciones y reglamentaciones sobre el uso de la leña
de los montes pero su efectividad no debió de ser mucha dada la
progresiva degradación de los mismos. |
F. J. L. A.
Mayo de 2000
- Las tierras del Jiloca y Gallocanta, que podéis leer
en Internet en cicic.unizar.es/Daroca.
La sección de naturaleza está escrita por José Antonio
Domínguez, el Dr. Javier del Valle Melendo y Luis Bolea Berné.
Se trata de una preciosa, exhaustiva y amena presentación de lo
más representativo de estas comarcas vecinas, que trata todos los
aspectos sociales y culturales además de los turísticos y
naturales.
- Pascual Diarte Lorente, La comunidad de Daroca - Plenitud y crisis
(1500-1837), Centro de Estudios Darocenses, Institución «Fernando
El Católico», 1993
- Francisco Hernández Fernández, "El bosque Mediterráneo",
inscrito en la obra "Naturaleza de Aragón, Su fauna y su flora",
de varios autores.
- Cristobal Pastor, "El chopo cabecero", revista Ossa nº
15 (abril-mayo de 2000).
- Lee Durrel, "Guía del Naturalista", H. Blume ediciones, 1982.
Puede encontrar una exhaustiva relación,
muy técnica, en el libro de Javier Ferrer Plou sobre la vegetación
y flora de las sierras de Herrera y Cucalón, en cuyo ecosistema
también engloba a nuestro pueblo.
1.- En cambio, si el suelo es silíceo, la degradación
de los bosques de encinas da paso a la estepa (Cistus laurifolius)
y el cantueso o lavanda (Lavandula pedunculata).
2.- Entre los árboles que forman masas arbóreas
se distinguen dos tipos: frondosas y coníferas. Las frondosas
se encuentran dentro de las angiospermas (su óvulo está protegido
por el ovario, que posteriormente se transforma en fruto) en zonas de clima
cálido y húmedo. Las hojas pueden ser persistentes o caducas.
Son especies de crecimiento lento, excepto el chopo y el eucalipto.
Entre los que alcanzan una mayor altura figuran el roble (Quercus robur),
el castaño (Castanea sativa), el eucalipto (Eucaliptus sp.), el
haya (Fagus sylvatica), el chopo (Populus sp.) y el olmo (Ulmus sp). De
ellos se obtienen maderas de buena calidad.
3.- Los pueblos de la Comunidad de aldeas de Daroca debían
pedir permiso a la Real Audiencia de Zaragoza para roturar nuevas zonas
comunales, cuya petición era normalmente aceptada. Como no
he podido leer el Real Acuerdo citado, (Zaragoza, 1736-38, exp. 12) desconozco
si se indica qué montes se roturaron en aquella ocasión.
Otra forma en que se fueron perdiendo los
bosques o montes comunales en favor de los cultivos fueron los "escalios",
tierras yermas puestas en cultivo de forma espontánea en propiedad
comunal. Fue una práctica habitual, y las ordenanzas de la
antigua Comunidad de aldeas de Daroca incluyeron normas para regularizar
o eliminar los escalios ya existentes. En muchos casos el sesmero
o la alcaldía incorporaba estos escalios a los términos
blancos y comunes del pueblo.
Última actualización: 19 de agosto de 2000
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