Elaborando su propio jabón
Con restos domésticos de materias grasas,
como el aceite sobrante de la cocina, cortezas del tocino y huesos del
jamón, las mujeres preparaban "jabón de tajo"
en calderos en los que los mezclaban en proporciones exactas con sosa
cáustica y agua (1 litro de sosa, 4 de aceite y 4 de agua aproximadamente).
La reacción química producida por la sosa, ayudada por
un poco de fuego y el constante remover (en la misma dirección)
durante más de dos horas, corroe las sustancias orgánicas
y disuelve las grasas, formando una masa viscosa y de buen olor, y decanta
en el fondo del envase una lejía muy abrasiva.
Una vez pasado el tiempo de reacción, se reconocen muestras
de la buena trabazón, cuando la lejía del interior afluye
a la superficie y vuelve a sumergirse sin mezclarse ya con la masa jabonosa.
Entonces apagaban el fuego y se procedía a sacar el jabón
líquido del caldero. Lo extraían con una rasera para dejar
escurrir la lejía y depositaban el líquido pastoso en
cajones o cajas de perfil bajo protegidas con plástico o papel.
Tras una noche de reposo en la que se ha endurecido el jabón,
se corta la masa en trozos manejables con la ayuda de un alambre, y
ya está listo para usar. Había quienes perfumaban el
jabón cuando todavía estaba líquido, vertiendo
pequeñas cantidades de esencias, como la del espliego que también
se obtenía en Blesa. Y en otra variante, no tan frecuente, añadían
resina, porque así conseguían un jabón más
espumoso.
Este jabón no se caracteriza por hacer mucha espuma (a
pesar de lo cual limpia), salvo cuando la ropa sobre la que se restriega
está limpia, por lo que me han contado que algunas mujeres, para
conseguir ese efecto psicológico de hacer espuma desde el principio,
lo mezclaban con jabón de polvos cuando aún estaba
líquido.
La lejía residual del proceso es muy potente por lo que
se tiraba, o se guardaba para utilizarla contra manchas resistentes
o abrasión, debiendo tener cuidado de no tocarla directamente.
En cuanto a la desinfección, hasta que apareció la lejía
industrial, las gentes de los pueblos suplían este producto higiénico
con cenizas de algunas plantas, como veremos seguidamente.
Haciendo una colada a fondo
La colada general se hacía cada veinte
o más días, pues en el mismo proceso se incluía
casi toda la ropa de la casa. Por ello, las casas más pudientes
hacían coladas cada más tiempo (a lo mejor dos veces al
año). Otra razón para estas coladas tan espaciadas era
evitar el desgaste de la ropa, que debía durar mucho más
tiempo que hoy en día. Comparativamente, a las personas de hace
cincuenta o más años, la ropa les era más cara,
utilizaban más tela y más gruesa, y el traje de los domingos
podía ser uno, que además, debía durar media vida.
Para empezar este largo proceso que podía durar más de
un día, debían darle un primer lavado a la ropa en el
lavadero de la acequia o en el lavadero con pila, donde la restregaban
con "el tajo" (el jabón de trozo) en sus tablas lavaderas.
Tras aclarar la ropa se llevaba a casa donde se colaba.
Para colar la ropa se utilizaba antiguamente un cuenco de barro llamado
cuezo, donde introducían la ropa. El cuezo tiene la boca
ancha sin cuello y un caño en su parte inferior para dar salida
a los líquidos. En otros lugares o con posterioridad se han utilizado
otros envases de madera, mimbre y cinc.
El uso más antiguo consistía en tapar el cuezo con una
tela gruesa a manera de cedazo o colador. Sobre este se colocaban unas
cenizas determinadas previamente seleccionadas y producidas y vertían
agua hirviendo. La reacción producía una especie de lejía
que pasaba a través de la ropa arrastrando la suciedad y se recogía
por el conducto inferior, se volvía a calentar y a verter. El
proceso podía durar veinticuatro horas o más, a pesar
de lo cual, por lo que me han contado, la ropa no quedaba de un blanco
puro, sino que tomaba un tono amarillento. Para conseguir un blanco
luminoso utilizaban el famoso "azulete".
Al día siguiente se volvía a lavar y aclarar esta ropa
en el río, el lavadero o en un bación en casa. Y aun había
quienes volvían a "recolar" la ropa en el cuezo, aunque
ya menos tiempo.
En Blesa, la colada se llevaba a secar a la montaña de la
Solana, donde la extendían en sus grandes lastras, muy limpias
y donde no se manchaba la ropa. A pesar de la gran superficie de la
montaña, los buenos sitios eran valiosos, y las jóvenes
a las que les encargaban la labor de cuidar la colada debía espabilarse
para coger sitio. Los solanares de las casas no eran suficientemente
grandes para las coladas. En los pueblos donde no tenían lastras,
tendían la ropa en eras o prados.
Otros establecimientos relacionados con la colada y utilizados durante
muchos años fueron los coladores. En estos lugares se
podía lavar con agua caliente y aclarar la ropa. Cómo
en los años en que se utilizaron no había agua corriente,
se construían cerca de las corrientes de agua. En él había
uno o dos baciones bien sujetos, y un fuego preparado para calentar
el agua que echaban al bación. Quien usaba los coladores debía
bajarse medio fajo de leña para calentar el agua.
Se conservan varios coladores en el lado derecho de la calle Baja en
la proximidad de la acequia. Hay una serie de tres a mitad de la calle,
tras el huerto del Cura y otro edificio aislado a la derecha de la entrada
de la plazoleta del molino Bajo, donde podemos ver una caseta curiosa
de dos plantas, que también fue abejar y era de los molineros
del molino Bajo. También había un colador en la calle
del Horno que era de la Teresa (en el arranque de la cuesta por la parte
de abajo), que cogía el agua de la "Cequia el Estudio".
Pero los tiempos cambiaron, y varias mujeres jubiladas ya sólo
han utilizado lejía industrial, y muchas de mediana edad ya no
han visto usar ceniza, sino "jabón de casa" y balde
metálico en lugar del tradicional cuezo.
|
Pascuala haciendo y
extrayendo jabón de tajo.
Fotos de F.J.L.A.
Pascuala trasvasa la lejía tras
llenar de jabón un cajón.
Al fondo jabón del día anterior.
Un cuezo
Un bación
|
Del lavadero a la lavadora
En Blesa se conservan dos grandes lavaderos
públicos y uno pequeño que puede parecer que llevan ahí
toda la vida. No obstante, incluso el viejo puede ser relativamente
reciente, y es seguro que desde tiempos inmemoriales las mujeres debieron
ir a hacer la colada a pozas del río Aguasvivas.
El lavadero viejo, construido en un momento desconocido por
ahora, a ras de suelo y de la acequia que recorre el pueblo por la parte
baja junto a los huertos, está cubierto; pues ocupa la planta
calle de una casa que hace de porche. Permite su acceso por ambos lados
de la acequia, y siempre hubo de lavarse de rodillas, pero tal como
hoy lo conocemos, con las aceras altas sobre la corriente de agua es
como quedó tras una remodelación tras la última
guerra civil. Las mujeres más mayores me han contado que anteriormente
los suelos en los que arrodillaban las mujeres para lavar estaban a
un nivel más bajo y podían restregar la ropa en las pilas
de cemento sin agacharse tanto. Los bordes inclinados sobre la acequia
eran lisos y cada usuaria debía llevarse su tabla o "lavadera".
El suelo actual del lado derecho se conserva con el cemento y los canalillos
de evacuación de agua que hubo durante décadas. En el
lado izquierdo hay desde el 2001 un suelo empedrado, pues el anterior
solar estaba muy deteriorado. La iluminación indirecta y la verja
le han dado un aire de rincón de recreo que de por sí
nunca tuvo.
El lavadero nuevo levantado en las inmediaciones del frontón
y el transformador, se construyó en el año 1954 por el
albañil Manuel Lomba, y ya tuvo dos pilas de agua elevadas sobre
el suelo, con dos balsas separadas para el enjabonado y el aclarado,
y está cubierto en una mitad. El borde inclinado donde se restregaba
la ropa ya tenía en este el relieve adecuado para ello, evitando
la molestia de tener que llevar su propia tabla. Podrían lavar
unas veinte mujeres a la vez. En el 2000 fue restaurado y pintado por
iniciativa de la Asociación Cultural el Hocino, con la colaboración
del mismo albañil y de Román, que ya había actuado
como peón en su construcción, además de muchos
socios, vecinos y el Ayuntamiento.
Hay dos pequeños rincones donde se puede lavar en la misma acequia
que recorre la calle Baja camino del molino Bajo, pero por su tamaño,
posiblemente los usarían vecinas de esa calle. El rincón
tras las primeras casas de la calle baja en el lado de los huertos es
conocido como "acequia de los carpinteros", y el otro
lugar adecuado era un corrico minúsculo en las inmediatamente
de la balsa del molino Bajo.
Con la llegada del agua corriente a las casas de Blesa, en el año
1977, los lavaderos perdieron poco a poco su razón de ser y dejaron
también de ser el lugar de reunión de las mujeres. Ahora
apenas acude alguna cuando quiere lavar alguna prenda suelta. Cada cual
pudo ya usar su tabla de lavar (o "lavadera") en algún
"bación" de su casa. Un bación es una
bacía grande que servía para lavar la ropa, en uno de
sus lados se colocaba una lavadera.
Pero incluso el método de frotar en un lugar u otro quedaba
ya anticuado. Antes incluso de que llegaran al mercado las lavadoras
automáticas, (con programas internos que hacen todo los procesos
de prelavado, lavado, suavizado, centrifugado, etc.), aparecieron máquinas
que simplemente consistían en una cuba vertical con unas palas
interiores para remover fuertemente la ropa y el agua (que se vertía
manualmente a pozales). Otras vecinas me han contado que tuvieron lavadoras
en Zaragoza con un bombo donde metían la ropa y al que daban
vueltas con una manivela.
Epílogo
Ahora la colada ya se hace por entero en cada
casa, los productos químicos como detergentes y suavizantes hacen
pensar a la gente que tras ellos hay grandes avances químicos
que son imprescindibles, pero todos sabemos que a pesar de que desde
hace décadas los detergentes salen renovados mensualmente al
mercado (con "nueva fórmula", "ahora más
limpio", "más potente" y demás), deben
incluir productos que hagan espuma para que la clienta se lo crea, e
incluso deben meter las prendas por segunda vez a la lavadora si las
manchas son tozudas. Quizá el moderno químico no esté
a tantos años luz del saber de nuestras abuelas. |
Lavadero nuevo de Blesa,
antes de su restauración en el 2000.
Foto de Mª Jesús Bartolo.
|